En la calle donde vivo hay tres edificios abandonados.
Asumo por sus fachadas que en algún momento cada uno tuvo un uso distinto. Sin embargo, lo que más llama mi atención no es su pasado, sino su presente. Permanecen vacíos en uno de los barrios más activos de la ciudad de Panamá.
Y no son los únicos.
Como suelo caminar bastante, sé que esta situación se repite en distintos puntos de la ciudad. Edificios cerrados, estructuras que esperan una nueva función e inmuebles que parecen haber quedado atrapados entre una etapa que terminó y otra que todavía no comienza.
Lo curioso es que cuando estos edificios o lotes baldíos forman parte de mis recorridos habituales terminan mezclándose con el paisaje. Me acostumbro a verlos. Dejan de llamar mi atención. Sin embargo, cuando encuentro situaciones similares en una zona que no frecuento, vuelven a hacerse visibles. Es como si la distancia me permitiera notar algo que había dejado de ver en los lugares conocidos.
Esa sensación fue la que me llevó a observar con más atención un fenómeno que muchas veces parece formar parte natural de la ciudad.
¿Qué ocurre con una construcción cuando sobrevive al uso para el que fue concebida? ¿Por qué algunos edificios logran adaptarse mientras otros permanecen vacíos durante años? ¿Qué determina que una estructura encuentre una nueva vida o quede suspendida en una especie de limbo urbano?
Más que buscar respuestas definitivas, me interesaba entender mejor una condición que aparece con frecuencia en nuestras ciudades y que, por costumbre, muchas veces dejamos de cuestionar.
Edificios que esperan
Tendemos a asociar un edificio vacío con una condición permanente: abandono, fracaso y deterioro.
Sin embargo, me resulta interesante entender la condición de muchos de estos espacios de otra manera. No necesariamente como edificios abandonados, sino como edificios que esperan.
Esperan una inversión, un nuevo propietario, un cambio de uso, una oportunidad de mercado o simplemente una idea capaz de devolverles sentido.
La diferencia puede parecer menor, pero cambia la forma en que se observa el problema. El abandono sugiere un final. La espera implica la posibilidad de un nuevo comienzo.
Quizás por eso me parece más útil pensar en estos espacios desde esa perspectiva.
Los usos cambian constantemente. Empresas desaparecen, comercios se mudan, instituciones trasladan sus operaciones y actividades que antes parecían indispensables dejan de existir. Los edificios, en cambio, suelen permanecer durante décadas.
Esa diferencia de velocidad genera un espacio intermedio del que pocas veces hablamos.
Un edificio deja de cumplir su función original, pero todavía no encuentra la siguiente.
En algunos casos la transición ocurre rápidamente. En otros puede tomar años. El Palacio Pereira, en Santiago de Chile, pasó décadas en una condición incierta antes de encontrar una nueva función. Durante ese tiempo el edificio seguía existiendo, pero la pregunta sobre su futuro permanecía abierta.
Y creo que algo similar ocurre con muchos de los espacios vacíos que encontramos en nuestras ciudades. Más que estructuras terminadas, son construcciones que todavía no encuentran una nueva manera de relacionarse con su entorno.
Proteger no es mantener
Mientras leía sobre la historia del Palacio Pereira, que mencioné anteriormente, encontré una contradicción que parece repetirse con frecuencia. Muchas normativas patrimoniales logran proteger edificios valiosos de la demolición, pero ofrecen pocas herramientas para facilitar su adaptación a nuevos usos.
Eso ayuda a explicar por qué existen inmuebles históricamente importantes que permanecen vacíos durante años. La protección garantiza su permanencia física. No necesariamente su relevancia urbana.
Por eso me parece tan interesante el caso del Palacio Pereira. Su recuperación no demuestra únicamente la importancia de conservar patrimonio. También evidencia la necesidad de encontrar usos capaces de mantener esos espacios vinculados a la vida cotidiana de la ciudad.
Porque una ciudad necesita preservar su memoria, pero también necesita que esa memoria siga teniendo un papel activo en el presente.
De lo contrario, corremos el riesgo de conservar edificios sin lograr que vuelvan a formar parte de la ciudad que los rodea.
Cuando una nueva función encuentra un edificio
Si algunos edificios permanecen años esperando una nueva función, otros muestran lo que puede ocurrir cuando finalmente esa espera termina.
Uno de los casos que más me llamó la atención fue el del SESC Pompéia, en São Paulo. Lo que alguna vez fue una fábrica hoy alberga actividades culturales, deportivas y comunitarias que lo mantienen conectado con la vida cotidiana de la ciudad. Más que una restauración, representa una transformación en la manera de entender qué puede llegar a ser un edificio cuando encuentra una nueva razón para existir.
Lo valioso de este tipo de proyectos no es únicamente que las estructuras permanezcan en pie. Lo realmente interesante es que vuelven a formar parte de la vida urbana. Las personas no los visitan porque alguna vez tuvieron un uso industrial. Los visitan porque hoy ofrecen actividades, servicios y experiencias que responden a necesidades del presente.
Esa diferencia terminó cambiando la forma en que observaba el problema.
Las estructuras pueden permanecer durante décadas mientras las actividades que ocurren dentro de ellas cambian constantemente. Empresas desaparecen, industrias se transforman, instituciones se trasladan y nuevas necesidades aparecen con el tiempo. Los edificios que logran mantenerse relevantes no son necesariamente los que permanecen intactos, sino aquellos que encuentran formas de adaptarse a esos cambios.
Por eso estos casos me resultan tan reveladores. Demuestran que una construcción puede adquirir un significado completamente distinto sin renunciar a su historia. A veces, la mejor manera de conservar un edificio no es impedir que cambie, sino permitir que encuentre una nueva función capaz de mantenerlo conectado con la ciudad.
Entre la recuperación y la demolición
Si existen tantos espacios vacíos, tantas necesidades urbanas y tantas personas buscando dónde desarrollar proyectos, me resulta inevitable preguntarme por qué cuesta tanto conectar una cosa con la otra.
Parte de la respuesta parece estar en los recursos necesarios para hacerlo, pero también en los mecanismos disponibles para que una función nueva encuentre un edificio que la pueda albergar.
Cuando observo estos espacios, me resulta fácil imaginar dos escenarios. Que el Estado adquiera el inmueble y asuma su recuperación, o que aparezca una inversión privada capaz de transformarlo por completo.
Sin embargo, entre ambas posibilidades existe un territorio mucho más amplio que pocas veces forma parte de la conversación.
No todos los edificios necesitan esperar una gran inversión para volver a tener actividad. Algunos podrían albergar usos temporales, proyectos culturales, iniciativas comunitarias o programas experimentales mientras encuentran un destino más permanente.
También me pregunto qué ocurriría si existieran más herramientas para facilitar esa transición. Normativas que permitieran activar temporalmente espacios vacíos, incentivos para su rehabilitación o mecanismos que ayudaran a conectar propietarios con personas interesadas en desarrollar nuevas actividades.
Lo que encuentro interesante es que muchos de los casos exitosos que observé no parecen depender de una única solución. Más bien surgen de la combinación de acuerdos, oportunidades y actores distintos que coinciden en el momento adecuado.
Proyectos como la Usina del Arte, en Buenos Aires, o la Fábrica de Arte Cubano, en La Habana, muestran que esa transición puede ocurrir de muchas maneras. Lo que tienen en común no es una fórmula única, sino la capacidad de reunir distintos actores alrededor de una nueva visión para un edificio que parecía haber agotado su ciclo.
Quizás por eso me cuesta ver estos lugares únicamente como problemas urbanos. También representan infraestructura ya construida, ubicaciones estratégicas y metros cuadrados que podrían volver a formar parte de la vida urbana sin necesidad de empezar desde cero.
En algunos casos, el mayor desafío no es construir algo nuevo, sino volver a imaginar lo que ya existe.
Cuando el uso no conversa con el lugar
No todos los edificios que generan preguntas están abandonados.
Algunos tienen actividad, ocupantes y una función claramente definida. Sin embargo, eso no garantiza una relación especialmente fuerte entre el uso que albergan y el contexto donde se encuentran.
Pienso en un edificio ubicado en Vía Argentina que actualmente funciona como depósito.
No es un edificio vacío. No está deteriorado. Tampoco parece estar esperando una nueva función.
Y, aun así, cada vez que paso frente a él termino haciéndome la misma pregunta: ¿qué más podría ocurrir aquí?
No porque considere incorrecto su uso actual. Lo que me interesa es la relación entre la actividad que ocurre dentro del edificio y el entorno que existe a su alrededor.
Vía Argentina es uno de los sectores más activos y caminables de la ciudad de Panamá. En pocas cuadras conviven viviendas, oficinas, comercios, restaurantes y espacios públicos que generan una intensidad urbana difícil de encontrar en otros lugares del país.
Fue precisamente esa contradicción la que me llevó, mucho antes de escribir este artículo, a desarrollar una propuesta conceptual para ese edificio. Más que encontrar una solución específica, el ejercicio me permitió explorar algo que aparece una y otra vez en esta reflexión: el potencial de un lugar no depende únicamente de la estructura que existe, sino también de nuestra capacidad para imaginar nuevos usos para ella.
Con el tiempo entendí que el interés por ese edificio no tenía que ver únicamente con el edificio en sí.
Tenía que ver con una pregunta más amplia.
Hasta entonces la reflexión había girado alrededor de espacios vacíos, edificios abandonados y estructuras en espera. Sin embargo, este caso apuntaba hacia otra posibilidad: que una construcción puede estar completamente ocupada y seguir planteando preguntas sobre el papel que desempeña dentro de la ciudad.
Porque el problema no siempre parece estar en la ausencia de uso.
A veces tiene más que ver con la relación entre una función y el lugar donde ocurre.
Y en ocasiones, una de las mayores oportunidades de transformación no aparece en edificios abandonados, sino en aquellos que funcionan perfectamente, pero que todavía podrían aportar algo distinto al entorno que los rodea.
Volver a Mirar
Al principio pensaba que esta reflexión giraba alrededor de edificios abandonados.
Con el tiempo entendí que la conversación era otra.
En el fondo, se trataba de entender qué ocurre cuando una construcción sobrevive al uso para el que fue concebida.
Algunos edificios encuentran rápidamente una nueva función. Otros permanecen años esperando. Algunos son protegidos como patrimonio. Otros desaparecen. Y algunos, incluso estando ocupados, siguen planteando preguntas sobre la relación entre lo que ocurre dentro de ellos y la ciudad que los rodea.
Los tres edificios que observaba desde mi calle siguen exactamente donde estaban cuando comenzó esta historia. Nada ha cambiado en ellos, pero ya no los observo únicamente como estructuras vacías.
Los veo como espacios suspendidos entre una función que terminó y otra que todavía no llega. Como lugares cargados de posibilidades que, por alguna razón, aún no han encontrado una manera de volver a formar parte de la vida urbana.
Las ciudades cambian constantemente, pero rara vez lo hacen desde cero. Con frecuencia se transforman reutilizando, adaptando y reinterpretando aquello que ya existe. Quizás por eso me cuesta ver estos espacios únicamente como señales de abandono.
También los veo como espacios que todavía conservan la posibilidad de albergar nuevas actividades, nuevas relaciones y nuevas oportunidades para la ciudad.
Tal vez detrás de muchos espacios vacíos no exista solamente una ausencia.
Tal vez exista una posibilidad que todavía estamos aprendiendo a reconocer.
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