EnteUrbano_Nexos: biomateriales. Ilustración de sillas conectadas por una red de micelio y hongos que simboliza el crecimiento de los biomateriales en el diseño, la arquitectura y la fabricación sostenible.

Biomateriales: El recorrido que los convierte en una solución de diseño

«La ciencia puede descubrir un material extraordinario. Transformar ese descubrimiento en parte de nuestra vida cotidiana es una historia completamente distinta.»

Durante las últimas semanas he dedicado bastante tiempo a leer sobre biomateriales. Al principio, como probablemente le ocurre a muchas personas, la curiosidad estaba puesta en los materiales mismos. Quería entender cómo un hongo podía convertirse en un panel acústico, de qué manera unas algas podían reemplazar un envase plástico o por qué cada vez aparecían más noticias sobre cueros cultivados en laboratorio.

Sin embargo, a medida que las historias comenzaban a conectarse entre sí, me di cuenta de que estaba haciendo la pregunta equivocada.

Los biomateriales no son, en realidad, la parte más interesante de esta conversación.

Lo verdaderamente fascinante es todo lo que ocurre para que una idea nacida en un laboratorio consiga abandonar ese entorno controlado y termine convertida en un objeto que alguien compra, utiliza y, con suerte, incorpora a su vida cotidiana sin detenerse a pensar de dónde proviene.

Ese recorrido, casi siempre invisible, es mucho más complejo que el desarrollo del propio material.

Cuando hablamos de innovación solemos imaginar un instante preciso. Un grupo de investigadores descubre algo nuevo, una empresa reconoce su potencial y, poco tiempo después, el mercado adopta esa tecnología. Es una narrativa sencilla, optimista y fácil de recordar. También es profundamente incompleta.

La historia real se parece mucho menos a una línea recta y mucho más a una carrera de relevos. Cada actor recibe el trabajo del anterior, lo transforma y lo entrega al siguiente. Si uno falla, todo el proceso se detiene.

La ciencia genera conocimiento.

Las universidades crean el entorno para explorarlo.

Los emprendedores detectan oportunidades.

Las empresas asumen el riesgo de convertirlas en productos.

Los inversionistas financian años de incertidumbre.

Los gobiernos establecen las reglas del juego.

Los diseñadores traducen esa innovación en experiencias comprensibles.

Y, finalmente, los usuarios deciden, muchas veces sin ser conscientes de ello, si ese esfuerzo merece permanecer o desaparecer.

Basta con que una de esas piezas no funcione para que una idea extraordinaria nunca salga del papel.

Quizá por eso resulta tan engañoso hablar de biomateriales como si todo dependiera de sus propiedades físicas. Un material puede ser resistente, ligero, biodegradable o incluso producirse a partir de residuos agrícolas, pero ninguna de esas cualidades garantiza su éxito. La historia de la tecnología está llena de soluciones técnicamente superiores que jamás consiguieron transformar el mercado.

No porque fueran malas.

Porque el mundo que debían cambiar todavía no estaba preparado para ellas.

Esta idea empezó a repetirse una y otra vez mientras revisaba distintos casos. Empresas, universidades y centros de investigación parecían trabajar sobre materiales completamente diferentes, pero todos terminaban enfrentándose a obstáculos sorprendentemente parecidos. La conversación dejaba de girar alrededor de hongos, bacterias o algas y empezaba a hablar de inversión, regulación, producción industrial, confianza del consumidor y modelos de negocio.

En ese momento comprendí que los biomateriales funcionan como una especie de espejo.

Más que mostrarnos un nuevo tipo de materia, revelan cómo funciona, o deja de funcionar, el ecosistema que convierte el conocimiento en innovación.

Y ese cambio de perspectiva transforma por completo la conversación.

Una innovación no compite solo con otro material

Existe una idea que rara vez cuestionamos. Cuando aparece una alternativa más sostenible, damos por hecho que terminará reemplazando a la anterior. Parece lógico. Si un material reduce emisiones, aprovecha residuos o disminuye la dependencia de recursos fósiles, debería encontrar rápidamente un espacio dentro del mercado.

La realidad suele ser bastante menos amable.

Los materiales convencionales no ocupan el lugar que tienen únicamente por sus propiedades. Llegaron ahí después de décadas, e incluso siglos, de optimización. Detrás del acero, el vidrio, el concreto, los plásticos o el aluminio existen cadenas logísticas globales, procesos industriales perfeccionados, normativas ampliamente conocidas, proveedores especializados y economías de escala que reducen costos hasta niveles muy difíciles de igualar.

Un biomaterial no compite solamente contra un producto.

Compite contra toda esa infraestructura.

Esa diferencia explica por qué muchas innovaciones que generan entusiasmo en congresos, laboratorios o publicaciones científicas tardan tantos años en llegar al mercado. En ocasiones lo consiguen. En muchas otras, permanecen atrapadas en esa etapa incómoda donde todos reconocen su potencial, pero nadie está dispuesto a asumir el costo de ser el primero en cambiar.

Es un fenómeno que no pertenece exclusivamente al mundo de los biomateriales. La historia de la innovación está llena de ejemplos similares. Los automóviles convivieron durante años con los carruajes. La energía solar necesitó décadas para acercarse a costos competitivos. Los teléfonos inteligentes no sustituyeron de inmediato a los celulares convencionales. Incluso internet pasó mucho tiempo siendo una herramienta utilizada casi exclusivamente por universidades antes de convertirse en parte inseparable de nuestra vida cotidiana.

Las buenas ideas necesitan algo más que razón para prosperar.

Necesitan contexto.

Y pocas historias ilustran mejor esa realidad que la de una empresa nacida a partir de un organismo que la mayoría de nosotros asociamos simplemente con los hongos.

De un organismo vivo a una industria

En 2007, dos estudiantes del Rensselaer Polytechnic Institute, Eben Bayer y Gavin McIntyre, comenzaron a explorar una idea que, en aquel momento, parecía más cercana a un experimento académico que a un negocio. Habían descubierto que el micelio, esa red de filamentos que permite el crecimiento de los hongos, podía actuar como un adhesivo natural. Alimentado con residuos agrícolas, era capaz de unir fibras vegetales y formar piezas ligeras y resistentes, sin necesidad de utilizar resinas derivadas del petróleo.

La propuesta era elegante porque aprovechaba un proceso que la naturaleza llevaba perfeccionando millones de años.

Lo realmente difícil comenzaba después.

Cultivar unas cuantas muestras dentro de un laboratorio es una cosa. Conseguir que ese mismo organismo produzca miles de piezas idénticas, con tiempos predecibles y una calidad constante, es otra completamente distinta.

Los organismos vivos no responden como una máquina, cambian.

Reaccionan a pequeñas variaciones de temperatura, humedad, nutrientes o contaminación ambiental. Lo que funciona perfectamente en una bandeja de laboratorio puede comportarse de forma muy diferente cuando se intenta escalar a una planta industrial.

Ahí entendí que el principal reto no consistía en descubrir un biomaterial.

Consistía en domesticar un proceso biológico sin perder aquello que lo hacía valioso.

Ese paso, que rara vez aparece en los titulares, consume años de trabajo, inversión y ensayo. Antes de fabricar el primer producto comercial, es necesario desarrollar protocolos de cultivo, controlar variables, diseñar equipos específicos y construir procesos capaces de ofrecer exactamente el mismo resultado una y otra vez. La industria no premia únicamente la innovación; premia, sobre todo, la consistencia.

Esa es una de las razones por las que Ecovative, la empresa surgida de aquel proyecto universitario, suele considerarse mucho más que un fabricante de biomateriales. Su verdadero logro no fue demostrar que el micelio podía reemplazar ciertos plásticos de un solo uso. Lo que consiguió fue convertir un fenómeno biológico en un proceso industrial confiable, una diferencia que parece sutil, pero cambia por completo la escala del problema.

Cuando la universidad deja de ser el punto final

Historias como la de Ecovative también obligan a revisar otra idea bastante arraigada.

Durante mucho tiempo imaginamos a las universidades como lugares donde se produce conocimiento y a las empresas como los espacios donde ese conocimiento se aplica. Esa división, aunque todavía existe, resulta cada vez menos precisa.

Hoy las universidades también incuban empresas, generan patentes, crean laboratorios compartidos con la industria y participan activamente en el desarrollo de tecnologías con potencial comercial. La investigación ya no termina cuando se publica un artículo científico; en muchos casos, apenas comienza.

Instituciones como TU Delft, en los Países Bajos, llevan años explorando cómo los procesos biológicos pueden incorporarse al diseño y la fabricación de materiales. Su interés no se limita a desarrollar nuevas soluciones, sino a comprender cómo integrarlas dentro de sistemas productivos reales. Algo similar ocurre en Imperial College London, donde la biología sintética está permitiendo programar microorganismos para producir proteínas y compuestos con aplicaciones en textiles, recubrimientos y otros materiales avanzados.

Lo interesante es que ninguna de estas investigaciones parece obsesionada con crear «el material perfecto».

La pregunta ha cambiado.

Ahora importa tanto el material como el ecosistema que permitirá producirlo, distribuirlo, utilizarlo y, eventualmente, reincorporarlo a un nuevo ciclo de vida.

Esa mirada sistémica marca una diferencia profunda respecto a la manera en que tradicionalmente entendíamos el desarrollo de materiales.

Durante décadas el objetivo consistía en fabricar algo más resistente, más ligero o más económico. Hoy esas variables siguen siendo importantes, pero ya no bastan. También importa de dónde provienen las materias primas, cuánta energía requiere su fabricación, qué sucede cuando el producto termina su vida útil y qué impacto genera a lo largo de todo ese recorrido.

En otras palabras, el material deja de evaluarse de forma aislada.

Empieza a evaluarse dentro de un sistema.

Y cuando eso ocurre, el diseño adquiere un papel completamente distinto.

El diseño aparece mucho antes de lo que imaginamos

Existe una imagen bastante extendida del diseñador trabajando frente a un objeto terminado, definiendo su forma, su color o su ergonomía.

Los biomateriales desmontan rápidamente esa idea.

Si el material todavía está siendo desarrollado, ¿en qué momento entra el diseño?

La respuesta es mucho antes de lo que solemos pensar.

Está presente cuando un equipo de investigación decide qué problema vale la pena resolver primero. Cuando se elige entre desarrollar un envase, un revestimiento acústico o un componente estructural. Cuando se analiza qué industria podría adoptar esa innovación con menor resistencia. Incluso aparece al decidir qué propiedades conviene priorizar y cuáles pueden sacrificarse.

Diseñar también consiste en tomar decisiones estratégicas.

Por eso, cuanto más avanzaba en estas historias, menos sentido encontraba en separar ciencia y diseño como si pertenecieran a mundos distintos.

La ciencia descubre posibilidades.

El diseño decide cuáles de ellas tienen sentido para las personas.

Sin esa traducción, muchas innovaciones permanecerían confinadas al laboratorio, admiradas por especialistas, pero invisibles para el resto de la sociedad.

Y, sin embargo, superar esa primera barrera no garantiza el éxito.

Porque una vez que la ciencia y el diseño consiguen entenderse, todavía queda convencer al mercado de que cambiar merece la pena.

Ese suele ser el desafío más difícil de todos.

Cambiar un hábito es mucho más difícil que cambiar un material

Si algo dejó claro el recorrido de Ecovative es que desarrollar un biomaterial no representa el final del camino, apenas permite cruzar la primera puerta.

La siguiente resulta mucho más difícil de abrir.

Una vez que una empresa demuestra que puede fabricar un material de forma consistente, aparece una pregunta que ningún laboratorio puede responder: ¿por qué una industria habría de cambiar aquello que lleva décadas perfeccionando?

La innovación suele presentarse como una competencia entre tecnologías, pero casi nunca funciona de esa manera.

En realidad, compite contra la inercia.

Las empresas han invertido millones de dólares en maquinaria, capacitación, certificaciones y cadenas de suministro construidas alrededor de determinados materiales. Modificar cualquiera de esas piezas implica asumir costos, riesgos y tiempos de adaptación que rara vez aparecen cuando celebramos un nuevo descubrimiento científico.

Por eso, muchas innovaciones técnicamente superiores tardan años en consolidarse. No porque funcionen peor, sino porque cambiar siempre cuesta más de lo que imaginamos.

Notpla entendió que el problema nunca fue el envase

Uno de los casos que mejor refleja esa realidad es Notpla.

La empresa británica alcanzó reconocimiento internacional gracias a sus envases elaborados a partir de algas marinas y plantas, materiales capaces de degradarse naturalmente bajo las condiciones adecuadas. Sus pequeñas cápsulas para bebidas, utilizadas en eventos deportivos y festivales, llamaron la atención porque parecían ofrecer una alternativa sencilla frente a las botellas plásticas de un solo uso.

Sin embargo, reducir el proyecto a un nuevo tipo de envase sería quedarse en la superficie.

Lo que Notpla puso sobre la mesa fue una pregunta mucho más interesante.

¿Por qué asumimos que toda bebida debe transportarse dentro de una botella?

Durante décadas nadie cuestionó esa lógica. El plástico resolvía el problema de manera eficiente, era barato, ligero y fácil de producir. El envase dejó de verse como una decisión de diseño para convertirse en una costumbre.

Notpla no solo propuso otro material.

Cuestionó el hábito.

Y cambiar un hábito suele ser bastante más difícil que desarrollar una tecnología.

Los consumidores deben confiar en una solución distinta, los organizadores de eventos tienen que modificar su logística, los distribuidores necesitan adaptarse y las empresas deben asumir que el éxito dependerá tanto de la experiencia del usuario como del desempeño técnico del material.

Ese es un aspecto que suele pasar desapercibido cuando hablamos de innovación.

Los materiales no transforman la realidad por sí solos.

Lo hacen cuando consiguen modificar comportamientos.

El lujo también puede cambiar las reglas

Durante mucho tiempo la sostenibilidad se comunicó casi exclusivamente desde la renuncia.

Consumir menos.

Contaminar menos.

Generar menos residuos.

Aunque esos mensajes siguen siendo necesarios, también terminaron construyendo una idea difícil de superar: que los productos sostenibles implican algún tipo de sacrificio.

Materiales menos resistentes.

Acabados menos atractivos.

Mayor precio.

Menor calidad.

La estrategia de MycoWorks tomó un camino completamente distinto.

En lugar de competir en los segmentos donde el costo representa el principal criterio de decisión, la empresa decidió desarrollar un material cultivado a partir de micelio con estándares suficientes para interesar a algunas de las marcas más exigentes del mercado del lujo.

No intentó fabricar un cuero «ecológico».

Intentó crear un material que pudiera ser elegido incluso dejando de lado el argumento ambiental.

La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la conversación.

Cuando un biomaterial comienza a competir por diseño, textura, precisión, exclusividad o desempeño, deja de depender únicamente de la buena voluntad del consumidor.

Empieza a construir valor por sí mismo.

Y esa transición puede resultar mucho más poderosa que cualquier campaña de sensibilización.

La economía también diseña

En este punto apareció otra idea que me acompañó durante buena parte de esta investigación.

Con frecuencia hablamos del diseño como si estuviera separado de la economía.

No lo está.

Cada decisión sobre materiales termina siendo también una decisión financiera.

Un fabricante puede compartir los objetivos ambientales de un nuevo biomaterial y, aun así, decidir no utilizarlo porque aumentaría el costo del producto, ralentizaría la producción o exigiría modificar toda una línea de ensamblaje.

Desde fuera es fácil interpretar esas decisiones como falta de compromiso.

Desde dentro responden a una lógica mucho más compleja.

Las empresas no solo administran ideas.

Administran riesgos.

Y esa perspectiva ayuda a entender por qué la transición hacia nuevos materiales rara vez ocurre mediante reemplazos inmediatos.

Lo habitual es encontrar aplicaciones muy concretas donde el biomaterial ofrece ventajas claras, demostrar que funciona, reducir incertidumbres y, poco a poco, ampliar su presencia.

La innovación avanza por acumulación de confianza.

No por entusiasmo.

Cuando el diseño deja de crear objetos

Quizá por eso me resultó tan interesante el trabajo de Biohm.

La empresa británica desarrolla materiales a partir de residuos de construcción y micelio, pero lo verdaderamente llamativo es que nunca presenta esos materiales como productos aislados.

Habla de flujos de recursos.

De edificios.

De economía circular.

De ciclos de vida.

De sistemas.

En ese momento comprendí que los biomateriales estaban modificando silenciosamente una de las definiciones más tradicionales del diseño.

Durante décadas pensamos que diseñar consistía en dar forma a objetos.

Hoy empieza a resultar evidente que el verdadero desafío consiste en diseñar relaciones.

Relaciones entre materias primas y procesos industriales.

Entre producción y consumo.

Entre residuos y nuevos recursos.

Entre economía y sostenibilidad.

El objeto sigue siendo importante.

Pero ya no ocupa el centro de la conversación.

Y quizá esa sea una de las transformaciones más profundas que están impulsando los biomateriales.

No están cambiando únicamente aquello con lo que fabricamos las cosas.

Están cambiando la manera en que entendemos todo lo que ocurre antes y después de fabricarlas.

Cuando el laboratorio se encuentra con el mundo

Hasta aquí el recorrido parece seguir una lógica bastante clara. La ciencia desarrolla nuevos materiales, las empresas encuentran la manera de producirlos y el diseño los convierte en soluciones capaces de responder a necesidades concretas.

Sin embargo, todavía queda una prueba que suele recibir mucha menos atención.

La realidad.

Es fácil entusiasmarse con un biomaterial dentro de un laboratorio, donde cada variable puede controlarse cuidadosamente. La historia cambia cuando ese mismo material llega a un edificio expuesto al sol y la lluvia, a un restaurante donde miles de personas manipulan un envase cada semana o a un producto que debe mantener exactamente el mismo desempeño durante años.

Es en ese momento cuando la innovación deja de enfrentarse a hipótesis y comienza a dialogar con la incertidumbre.

La realidad no siempre se comporta como un laboratorio

Uno de los ejemplos más interesantes es Mogu, la empresa italiana que desarrolla revestimientos acústicos y elementos para interiores utilizando micelio.

Lo primero que llama la atención es lo que decidió no hacer.

En lugar de anunciar que reemplazaría inmediatamente al concreto, al acero o a los materiales estructurales tradicionales, comenzó trabajando en aplicaciones donde las propiedades del micelio representaban una ventaja evidente. El aislamiento acústico, la ligereza y la capacidad de producir componentes con menor impacto ambiental constituían un punto de partida mucho más realista.

Puede parecer una estrategia conservadora.

En realidad, demuestra una comprensión muy profunda de cómo evolucionan las tecnologías.

Las innovaciones casi nunca conquistan un mercado de una sola vez. Primero encuentran un nicho donde sus ventajas compensan las limitaciones iniciales. Después mejoran, reducen costos, generan confianza y, solo entonces, comienzan a expandirse hacia aplicaciones más exigentes.

Ese patrón se ha repetido innumerables veces.

Los primeros automóviles no sustituyeron inmediatamente a los carruajes. Los paneles solares necesitaron décadas para competir económicamente con otras fuentes de energía. Incluso los teléfonos inteligentes convivieron durante años con dispositivos que hoy parecen completamente obsoletos.

Esperar que los biomateriales reemplacen rápidamente a todos los materiales convencionales es desconocer la forma en que realmente se producen los cambios tecnológicos.

La innovación no avanza mediante saltos.

Avanza acumulando confianza.

La infraestructura también decide

Hay otra cuestión que rara vez aparece en las conversaciones sobre biomateriales y, sin embargo, condiciona buena parte de su futuro.

Con frecuencia celebramos que un material sea compostable, biodegradable o reciclable, como si esas características garantizaran automáticamente un menor impacto ambiental.

La realidad es bastante más incómoda.

Un envase compostable necesita instalaciones donde realmente pueda compostarse.

Un material reciclable requiere sistemas de separación, recolección y procesamiento capaces de reincorporarlo al ciclo productivo.

Incluso un material biodegradable depende de condiciones muy específicas para degradarse dentro de los tiempos previstos.

Cuando esa infraestructura no existe, muchas de las ventajas potenciales desaparecen.

Esta contradicción me parece especialmente reveladora porque demuestra que la sostenibilidad nunca depende exclusivamente del objeto.

Depende del sistema que lo rodea.

Podemos diseñar el envase más innovador del mundo, pero si termina mezclado con residuos que impiden su tratamiento adecuado, gran parte de su potencial se pierde antes incluso de cumplir su propósito.

En ese punto comprendí que la conversación sobre biomateriales era mucho más amplia de lo que imaginaba.

Ya no hablábamos únicamente de ciencia o de diseño.

También hablábamos de ciudades, de gestión de residuos, de políticas públicas, de infraestructura y de decisiones colectivas que pocas veces asociamos con el desarrollo de nuevos materiales.

El consumidor también forma parte del laboratorio

Existe otro actor cuya influencia suele minimizarse.

Nosotros.

Durante años hemos pensado en el consumidor como el último eslabón de la cadena, alguien que simplemente elige entre los productos disponibles. Sin embargo, cada decisión de compra termina funcionando como una señal para todo el sistema.

Cuando un biomaterial llega al mercado no solo debe demostrar que funciona.

También necesita generar confianza.

Debe convencer a las personas de que un envase elaborado con algas protege igual de bien un alimento, que un cuero cultivado a partir de micelio puede durar tantos años como uno convencional o que un panel fabricado con residuos agrícolas ofrece el mismo desempeño que otras alternativas.

Son preguntas perfectamente razonables.

La confianza también se diseña.

Y requiere tiempo.

Resulta curioso que aceptemos con absoluta naturalidad materiales derivados del petróleo, un recurso que lleva apenas unas décadas formando parte de nuestra vida cotidiana, mientras observamos con desconfianza materiales inspirados en procesos biológicos que la naturaleza ha perfeccionado durante millones de años.

Esa resistencia no tiene un origen técnico.

Tiene un origen cultural.

Cambiarla exige algo más que mejores materiales.

Exige nuevas narrativas, nuevas experiencias y nuevos referentes capaces de demostrar que otra manera de producir también puede ser deseable.

América Latina, una oportunidad que todavía espera convertirse en estrategia

Llegados a este punto era inevitable mirar hacia nuestra región.

América Latina suele aparecer en las conversaciones sobre biomateriales por razones bastante previsibles. Se habla de biodiversidad, de residuos agrícolas, de abundancia de recursos naturales y de un enorme potencial para desarrollar materiales de origen biológico.

Todo eso es cierto.

Pero también resulta insuficiente.

Si observamos las empresas que hoy lideran esta transformación, la mayoría surgió en ecosistemas donde universidades, centros de investigación, inversionistas, aceleradoras, empresas y políticas públicas trabajan de forma relativamente coordinada.

No es casualidad.

La innovación necesita esa red de relaciones para crecer.

Nuestra región posee científicos capaces de desarrollar investigaciones de alto nivel y una enorme disponibilidad de materias primas. Lo que todavía cuesta construir son los puentes que conectan ese conocimiento con empresas capaces de escalarlo industrialmente y llevarlo al mercado internacional.

Quizá esa sea la pregunta más incómoda que deja este recorrido.

¿Por qué seguimos exportando recursos con tanta facilidad y conocimiento con tanta dificultad?

Responderla implica hablar de financiamiento, de educación, de propiedad intelectual, de políticas industriales y de una cultura empresarial más dispuesta a asumir riesgos de largo plazo.

Es una conversación mucho más amplia que la de los biomateriales.

Pero precisamente por eso resulta tan importante.

Porque el verdadero desafío nunca fue producir un nuevo material.

El verdadero desafío siempre ha sido construir las condiciones para que una buena idea encuentre la manera de transformar la realidad.

Más allá del material

Al terminar este recorrido tuve la sensación de que los biomateriales habían dejado de ser el tema principal del artículo. Siguen siendo el punto de partida, pero ya no son el destino.

Lo que realmente apareció frente a mí fue otra conversación.

Una conversación sobre la manera en que una sociedad decide innovar.

Durante años hemos alimentado una imagen bastante romántica del cambio tecnológico. Imaginamos que todo comienza con un descubrimiento brillante y que, casi de forma inevitable, ese descubrimiento termina mejorando nuestra vida. La realidad es mucho menos lineal. Entre una buena idea y una transformación concreta existe un territorio lleno de decisiones económicas, regulatorias, culturales y sociales que rara vez reciben el mismo reconocimiento que un hallazgo científico.

Tal vez por eso resulta tan difícil hablar de biomateriales sin terminar hablando de diseño.

No porque el diseño sea el destino final de un nuevo material, sino porque aparece en cada una de las decisiones que permiten que ese material encuentre un lugar dentro de la sociedad.

Está presente cuando un investigador intenta imaginar posibles aplicaciones para un descubrimiento.

Cuando una empresa decide cuál será el primer mercado al que dirigirá su innovación.

Cuando una normativa define las condiciones para utilizar un nuevo material.

Cuando un fabricante adapta su línea de producción.

Cuando una marca construye la confianza necesaria para presentar algo desconocido.

Y también cuando una persona decide comprar un producto diferente al que ha utilizado durante toda su vida.

Visto así, el diseño deja de ser una disciplina dedicada únicamente a crear objetos.

Se convierte en la capacidad de conectar conocimientos, intereses y necesidades que, de otra manera, permanecerían aislados.

Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que me deja esta serie hasta ahora.

Los materiales cambian.

Las tecnologías evolucionan.

Las empresas aparecen y desaparecen.

Pero lo que realmente determina si una innovación prospera es la calidad de las relaciones que consigue construir entre todos esos actores.

El futuro no depende únicamente de mejores materiales

Sería tentador terminar este artículo afirmando que los biomateriales representan el futuro y que, tarde o temprano, sustituirán a muchos de los materiales que utilizamos hoy.

No creo que la realidad sea tan sencilla.

Todavía existen desafíos importantes.

En algunos casos, los costos siguen siendo demasiado elevados para competir con materiales cuya producción lleva décadas optimizándose. En otros, la durabilidad todavía plantea interrogantes para determinadas aplicaciones. También existen limitaciones relacionadas con la disponibilidad de materias primas, la capacidad industrial, las certificaciones, la infraestructura para compostaje o reciclaje y la velocidad con la que las normativas logran adaptarse a nuevas tecnologías.

Incluso sería un error asumir que todo biomaterial es automáticamente sostenible.

Su impacto depende del origen de los recursos, de la energía necesaria para producirlo, de la distancia que recorre antes de llegar al usuario, de su vida útil y de las condiciones reales en las que será reutilizado, reciclado o compostado.

En otras palabras, la sostenibilidad no es una propiedad del material.

Es una propiedad del sistema.

Y cambiar un sistema siempre será mucho más complejo que cambiar un producto.

Quizá esa sea la razón por la que muchas innovaciones prometedoras tardan tanto en consolidarse. No porque la ciencia avance lentamente, sino porque la sociedad cambia a un ritmo diferente. Las tecnologías pueden desarrollarse en unos pocos años; las industrias, las regulaciones y los hábitos de consumo necesitan mucho más tiempo para reorganizarse.

Comprender esa diferencia también ayuda a mirar el futuro con mayor realismo.

Los biomateriales no reemplazarán de un día para otro al acero, al concreto, al plástico o al vidrio. Tampoco deberían hacerlo. Cada uno de esos materiales responde a necesidades distintas y seguirá teniendo un papel importante en innumerables aplicaciones.

La verdadera transformación probablemente será mucho menos espectacular y mucho más silenciosa.

Consistirá en identificar dónde un biomaterial aporta un valor real, incorporarlo allí donde tenga sentido y seguir aprendiendo de cada nueva aplicación. Con el tiempo, esa suma de pequeñas decisiones puede terminar modificando industrias completas, de la misma manera en que ocurrió con tantas otras innovaciones que hoy consideramos normales.

Una última conversación pendiente

Al comenzar este artículo quería entender cómo un biomaterial conseguía salir del laboratorio para convertirse en una solución de diseño.

Hoy creo que esa pregunta se quedó corta.

El verdadero desafío nunca fue trasladar un material de un lugar a otro.

El verdadero desafío consiste en conseguir que investigadores, universidades, emprendedores, empresas, inversionistas, gobiernos, diseñadores y ciudadanos avancen, aunque sea por momentos, hacia una misma dirección.

Eso exige algo más que mejores materiales.

Exige confianza.

Exige colaboración.

Exige una visión compartida del futuro que queremos construir.

Quizá por eso los biomateriales siguen pareciendo una promesa para muchas personas. No porque la ciencia todavía no haya encontrado respuestas, sino porque nosotros seguimos aprendiendo a construir el ecosistema capaz de convertir esas respuestas en parte de nuestra vida cotidiana.

Y, sin embargo, después de recorrer este camino, siento que todavía queda una pregunta más difícil.

Si ya existen investigaciones sólidas, empresas capaces de escalar nuevas tecnologías, diseñadores interesados en incorporarlas y consumidores cada vez más conscientes de su impacto, ¿por qué los biomateriales siguen siendo la excepción y no la regla?

La respuesta ya no depende del laboratorio.

Tampoco de un material específico.

Depende de las decisiones que tomemos como industria, como instituciones, como diseñadores y como sociedad.

Esa será la última conversación de en NEXOS: Biomateriales. En el próximo artículo dejaremos de mirar los biomateriales desde la perspectiva de quienes los desarrollan y nos concentraremos en las barreras que todavía dificultan su adopción masiva. Solo entendiendo esos obstáculos podremos responder una pregunta que atraviesa toda la serie: ¿qué necesita cambiar para que los biomateriales dejen de representar una promesa y comiencen a formar parte de nuestra vida cotidiana?


Esta es la tercera entrega de una serie sobre biomateriales que exploramos este mes. Puedes ver todos los artículos aquí.

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