Ilustración conceptual de la ciudad de Panamá con una retícula urbana fragmentada que desaparece gradualmente, simbolizando que la mejor infraestructura que una ciudad puede construir es su memoria y la preservación de su historia urbana.

La mejor infraestructura que una ciudad puede construir es su memoria

Hay una imagen que siempre llama mi atención cuando paso por la Avenida Ecuador. Una ciclovía que parece no llevar a ninguna parte.

Está en Calidonia, uno de los barrios históricos de Ciudad de Panamá. Para quienes no conocen la ciudad, este sector posee un diseño urbano poco común en el país. Sus calles cortas, las manzanas compactas y la mezcla de vivienda, comercio, servicios y transporte público construyen un entorno que invita a imaginar una ciudad más caminable y conectada. Además, se encuentra dentro del área de influencia de la Línea 1 del Metro, una condición que, en teoría, la convierte en un lugar ideal para impulsar la movilidad activa.

Sin embargo, ese enorme potencial convive desde hace décadas con el deterioro del espacio público. Como ocurre en muchos centros históricos latinoamericanos, su valor urbano parece avanzar más lento que su abandono.

En medio de ese escenario aparece un tramo de ciclovía que hoy muchos consideran una intervención fallida. Es corto, está desconectado del resto de la ciudad y parece haber quedado suspendido en el tiempo.

Durante años también la miré de esa manera.

Hasta que dejé de preguntarme si funcionaba.

Y empecé a preguntarme otra cosa.

¿Siempre estuvo pensada para funcionar sola?

No lo sé. Es posible que ese tramo fuera el inicio de una red que nunca llegó a construirse. Tal vez respondía a una estrategia más amplia o existían etapas posteriores que jamás se ejecutaron. Quizá las prioridades cambiaron con el tiempo o el proyecto quedó atrapado entre administraciones.

Lo único que sé es que hoy resulta muy difícil responder esas preguntas.

Y eso, más que la propia ciclovía, es lo que realmente me inquieta.

Las ciudades están llenas de piezas sueltas.

Una ciclovía, un parque, una plaza o un edificio pueden parecer decisiones aisladas cuando, en realidad, quizá solo sean fragmentos de una historia que dejamos de contar.

La ciudad también debería poder explicar sus decisiones

Desde que trabajo en la administración pública he tenido la oportunidad de observar cómo nacen muchos proyectos urbanos. No participo en las decisiones estratégicas ni en la planificación de la ciudad, pero sí he visto meses de reuniones, estudios, coordinación entre instituciones y equipos dedicando un enorme esfuerzo a iniciativas que, desde la calle, muchas veces terminan reducidas a una fotografía de inauguración.

Con el tiempo descubrí que las obras son apenas la parte visible del trabajo.

Las obras permanecen.

Los documentos, muchas veces también.

Lo que con frecuencia desaparece es algo mucho menos visible. La explicación de cómo se llegó hasta allí y cuál era el camino previsto para continuar.

Cada vez que vuelvo a pensar en la ciclovía de Calidonia regreso a la misma sensación. Ya no me interesa tanto la infraestructura como la historia que hoy resulta imposible reconstruir.

Cuando desaparece la historia que explica una intervención, solo queda el resultado físico. Entonces empezamos a juzgar proyectos aislados sin saber si estamos observando una obra completa o apenas el fragmento de una estrategia que nunca terminó de desarrollarse.

Quizá eso ocurrió con la ciclovía de la Avenida Ecuador.

Quizá no.

Simplemente ya no tenemos cómo saberlo.

Los proyectos también necesitan continuidad

Con frecuencia pensamos que el legado de una administración son las obras que entrega. Un parque, una plaza, una calle renovada o una ciclovía.

Sin embargo, un proyecto nunca se reduce a lo que construye.

También contiene una manera de entender la ciudad.

Contiene las preguntas que intentaba responder, los criterios que guiaron las decisiones y una idea sobre lo que debía ocurrir después para que esa intervención tuviera sentido.

Cuando esa información desaparece, las siguientes administraciones heredan la obra, pero no necesariamente el conocimiento que la hizo posible. Y sin ese contexto es fácil interpretar una intervención como un error, cuando quizá solo estamos viendo una etapa incompleta de un proceso mucho mayor.

Las ciudades cambian constantemente. Cambian sus gobiernos, sus prioridades, sus equipos técnicos y sus presupuestos. Eso es natural. Lo preocupante es que, con demasiada frecuencia, también cambian perdiendo el rastro de las decisiones que ya habían tomado.

Aprender también es una forma de construir ciudad

Mientras reflexionaba sobre esto recordé uno de los procesos urbanos que más admiro en América Latina.

Medellín suele reconocerse por el Metrocable, las escaleras eléctricas de la Comuna 13 o la transformación de muchos de sus espacios públicos. Sin embargo, esas obras son solo la parte visible de una historia mucho más amplia.

Uno de sus mayores aciertos fue construir instituciones capaces de aprender de cada proyecto. Las metodologías, los procesos de participación, los criterios técnicos y las lecciones obtenidas no desaparecieron con cada cambio de administración. Se transformaron en conocimiento institucional y sirvieron como punto de partida para las decisiones siguientes.

No significa que la ciudad no cometiera errores. Significa que procuró aprender de ellos.

Esa diferencia cambia por completo la manera en que una ciudad evoluciona.

Las ciudades no avanzan únicamente porque construyen más.

Avanzan porque recuerdan mejor.

Diseñar también significa planificar continuidad

Observar la gestión pública me ha hecho entender que un proyecto no termina cuando se corta una cinta inaugural.

También deja criterios, indicadores, ajustes realizados durante la implementación, errores que no deberían repetirse y recomendaciones para quienes continúen el trabajo años después.

Sin embargo, esa información rara vez se conserva con el mismo cuidado que la infraestructura construida. La obra permanece; el conocimiento que permitió hacerla posible suele dispersarse entre archivos, instituciones o personas que, tarde o temprano, dejan de estar allí.

Quizá el problema no sea que las ciudades olviden deliberadamente.

Quizá nunca diseñamos mecanismos para recordar.

Documentamos las obras, pero no siempre el conocimiento que las hizo posibles.

Por eso cada cambio de administración suele dar la impresión de comenzar desde una hoja en blanco. No porque falten proyectos o estudios, sino porque desaparece el contexto necesario para comprenderlos, evaluarlos y continuarlos.

Diseñar una ciudad también significa diseñar la continuidad de sus decisiones. No para impedir que las futuras administraciones cambien el rumbo, sino para que puedan hacerlo entendiendo primero el camino recorrido.

La memoria también es infraestructura

Cada vez que vuelvo a pasar por la Avenida Ecuador sigo viendo la misma ciclovía.

La diferencia es que ya no la observo como una infraestructura aislada.

La veo como una pregunta.

Una pregunta sobre una decisión cuyo sentido se fue perdiendo con el tiempo.

Las ciudades pueden cambiar de gobierno, de prioridades e incluso de visión. Lo que no deberían permitirse es perder la historia que conecta unas decisiones con otras.

Porque una ciudad empieza a olvidar mucho antes de que desaparezcan sus edificios.

Empieza a olvidar cuando deja de recordar por qué los construyó.

Y cuando eso ocurre, las siguientes generaciones heredan calles, plazas, parques o ciclovías.

Pero ya no heredan las razones que les dieron origen.

Quizá esa sea una de las infraestructuras más importantes que una ciudad puede construir.

No está hecha de concreto, acero o asfalto.

Está hecha de memoria.


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