Hace algunos años, la idea de construir con hongos me habría parecido una escena de ciencia ficción. Hoy existen empresas, laboratorios y arquitectos trabajando precisamente en eso. Y cuanto más leía sobre el tema, más me daba cuenta de que quizá la verdadera innovación no está en inventar materiales completamente nuevos, sino en volver a mirar con atención procesos que la naturaleza lleva millones de años perfeccionando.
Confieso que la primera vez que escuché hablar de biomateriales pensé que simplemente era otra forma elegante de decir «materiales ecológicos». Me equivoqué.
Los biomateriales son mucho más que una nueva categoría de productos sostenibles. Son materiales desarrollados a partir de organismos vivos, procesos biológicos o recursos renovables que están abriendo nuevas posibilidades para el diseño, la fabricación y la construcción.
Y aunque el tema ha ganado protagonismo en los últimos años, la idea de trabajar con materiales provenientes de la naturaleza no es nueva. Durante siglos construimos con madera, fibras vegetales, tierra y otros recursos disponibles en nuestro entorno. Lo que está cambiando hoy es nuestra capacidad de comprender los procesos biológicos que hay detrás de estos materiales y aprovecharlos de maneras que hace apenas unas décadas parecían imposibles.
Quizá por eso resulta tan fascinante el trabajo de personas como Neri Oxman, quien lleva años planteando una idea que parece salida de la ciencia ficción: que algún día podríamos diseñar y fabricar objetos y edificios trabajando junto a la naturaleza en lugar de limitarnos a extraer recursos de ella.
Proyectos como Silk Pavilion, un pabellón cuya piel fue tejida parcialmente por miles de gusanos de seda guiados mediante procesos computacionales, o Aguahoja, una serie de estructuras biodegradables desarrolladas a partir de materiales como celulosa, quitina y pectina, demuestran que algo está cambiando en nuestra manera de crear.
El diseñador ya no se limita a elegir un material y darle forma; cada vez más, también debe comprender cómo crece, se transforma o incluso se comporta un organismo vivo. La naturaleza deja de ser únicamente una fuente de inspiración y empieza a convertirse en una colaboradora del proceso de diseño.
Quizá por eso los biomateriales resultan tan interesantes. No solo proponen nuevos materiales, sino una manera distinta de entender nuestra relación con ellos. Y esa idea contrasta con el modelo que ha dominado gran parte de la historia reciente de la arquitectura y la industria.

Durante gran parte del siglo XX, el desarrollo industrial estuvo marcado por una lógica relativamente sencilla: extraer, fabricar, utilizar y desechar. Bajo este modelo surgieron algunos de los materiales que dieron forma a nuestras ciudades. El acero permitió que los edificios crecieran en altura, el hormigón armado transformó la manera de construir y el vidrio nos hizo imaginar fachadas cada vez más ligeras y transparentes. Buena parte de la arquitectura que hoy admiramos sería impensable sin ellos.
Sin embargo, esa misma lógica también ha evidenciado sus limitaciones. El consumo intensivo de recursos, la generación de residuos y la necesidad de reducir el impacto ambiental han impulsado la búsqueda de alternativas capaces de replantear la manera en que producimos y utilizamos los materiales.
Es en este contexto donde los biomateriales comienzan a llamar la atención.
Mucho más que una tendencia

Cuando hablamos de biomateriales solemos pensar en materiales experimentales o tecnologías futuristas. Sin embargo, la conversación es mucho más amplia.
Hoy existen investigaciones que exploran el potencial de los hongos, las algas, las fibras vegetales, los residuos agrícolas y otros recursos biológicos como punto de partida para desarrollar nuevas soluciones materiales.
Algunos de estos materiales ya forman parte de nuestra vida cotidiana, mientras que otros apenas comienzan a salir de los laboratorios. El bambú, el corcho o ciertos materiales desarrollados a partir de hongos ya han encontrado aplicaciones en la construcción, el diseño y la fabricación de productos. En cambio, otras propuestas basadas en algas, bacterias o procesos de biofabricación todavía están explorando su potencial.
Sin importar en qué etapa se encuentren, todos comparten algo en común: nos obligan a replantear la relación entre naturaleza, diseño y construcción.
Quizá esa sea la parte más interesante de esta conversación.
Durante décadas entendimos la innovación como la capacidad de crear materiales más resistentes, más ligeros o más económicos. Los biomateriales, en cambio, nos invitan a formular una pregunta diferente.
¿Y si la innovación también consistiera en aprender de procesos que siempre han estado ahí?
Del laboratorio al mundo real

Aunque muchas veces se presentan como materiales del futuro, los biomateriales ya han comenzado a encontrar aplicaciones reales.
Existen empresas como Ecovative, que lleva años desarrollando materiales a partir de micelio para aplicaciones en empaques, interiores y diseño de productos. Al mismo tiempo, compañías como MycoWorks exploran nuevas formas de producir materiales basados en hongos como alternativas al cuero tradicional.
La investigación tampoco se limita al ámbito empresarial. En universidades y centros de investigación de todo el mundo se están estudiando las posibilidades de materiales obtenidos a partir de algas, celulosa, residuos agrícolas y otros recursos biológicos.
Por su parte, instituciones como la Universidad de Delft (TU Delft) en los Países Bajos y el Institute for Advanced Architecture of Catalonia (IAAC) en Barcelona investigan nuevas formas de biofabricación, materiales regenerativos y sistemas constructivos inspirados en la naturaleza.
Lo interesante es que estas iniciativas no apuntan a un único material ni a una sola tecnología. Más bien forman parte de una conversación mucho más amplia sobre cómo podríamos diseñar y construir de maneras diferentes.
Porque, en el fondo, los biomateriales nos obligan a hacernos preguntas que van más allá de la innovación material. ¿Qué pasaría si algunos materiales pudieran cultivarse en lugar de fabricarse? ¿Y si los residuos de una industria pudieran convertirse en los recursos de otra? ¿Podemos imaginar edificios y productos concebidos desde una lógica más cercana a los ciclos de la naturaleza?
Todavía no existen respuestas definitivas para muchas de estas preguntas. Pero quizá esa sea precisamente la razón por la que los biomateriales resultan tan fascinantes.
Algunos de los materiales, proyectos e ideas que están dando forma a esta conversación merecen una mirada más profunda y los exploraremos a lo largo de esta serie.
Cuando los hongos llegaron a la arquitectura

Uno de los proyectos más llamativos de los últimos años es Hy-Fi, una instalación temporal diseñada por el estudio The Living para el programa MoMA PS1 en Nueva York.
La estructura estaba compuesta por miles de ladrillos fabricados a partir de micelio y residuos agrícolas. Más allá de su carácter experimental, el proyecto consiguió algo importante: demostrar que un material cultivado podía convertirse en arquitectura.
No era un edificio destinado a resolver las necesidades de las ciudades contemporáneas. Tampoco pretendía reemplazar los materiales tradicionales.
Pero sí logró algo que a veces resulta más valioso: abrir una conversación.
Porque cuando un pabellón construido con hongos es capaz de mantenerse en pie y convertirse en una experiencia arquitectónica, resulta inevitable preguntarse qué otras posibilidades podrían surgir en los próximos años.
Una conversación que apenas comienza
Sería ingenuo pensar que los biomateriales reemplazarán de un día para otro al concreto, al acero o al vidrio. Todavía representan una pequeña fracción de la industria y aún existen desafíos relacionados con costos, normativas, escalabilidad y aceptación del mercado.
Pero quizá esa no sea la pregunta correcta.
La historia de la arquitectura está llena de materiales que en algún momento parecían apuestas arriesgadas. Hubo una época en la que construir rascacielos de acero era una idea radical y otra en la que el hormigón armado transformó por completo la manera de imaginar las ciudades. Más recientemente, la madera estructural de ingeniería ha comenzado a abrir nuevas posibilidades que hace apenas unas décadas parecían poco probables. Quizá los biomateriales estén iniciando un recorrido similar.
Y aunque todavía queda mucho por recorrer antes de ver ciudades construidas a partir de materiales cultivados, la conversación que están generando ya resulta profundamente interesante.
Durante las próximas semanas exploraremos cómo algunos materiales inspirados en la naturaleza -desde los hongos y el micelio hasta el bambú, el cáñamo y otros recursos biológicos- están dando forma a nuevas posibilidades para la arquitectura y el diseño.
También veremos proyectos que ya están experimentando con estas ideas y reflexionaremos sobre los desafíos que aún deben superar para convertirse en parte de nuestra realidad cotidiana.
Porque, al final, la mayor innovación tal vez no consista en fabricar algo completamente nuevo.
Tal vez consista en aprender a mirar la naturaleza desde otra perspectiva.
Y esa, creo, puede ser una de las ideas más fascinantes que nos deja el mundo de los biomateriales.
Esta es la primera entrega de una serie sobre biomateriales
Durante este mes exploraremos materiales, proyectos e ideas que están redefiniendo la conversación sobre arquitectura y diseño.
- Cuando la naturaleza fabrica mejor que nosotros: Un recorrido por el micelio, las algas, cáñamo, bambú y otros materiales que están siendo cultivados en lugar de fabricados.
- El momento en que los biomateriales dejan de ser una curiosidad: Proyectos y aplicaciones reales que ya están experimentando con biomateriales en arquitectura y diseño.
- ¿Qué impide que construyamos con biomateriales?: Una mirada a los desafíos técnicos, económicos y normativos que todavía deben superar para convertirse en una alternativa más extendida.
Si te interesa el tema, puedes seguir esta serie en EnteUrbano para no perderte las próximas entregas.
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