Cada vez que escucho hablar de renovación urbana o revitalización urbana termino haciéndome la misma pregunta: ¿Quién podrá seguir viviendo allí después de la transformación?
La pregunta no surgió de un libro ni de una clase de urbanismo. Surgió caminando la ciudad.
A lo largo de mi vida he vivido en cerca de veinte lugares distintos de Panamá. He vivido en el centro y en la periferia, en barrios de distintas condiciones socioeconómicas y con formas de vida muy diferentes entre sí.
Quizá por eso me interesa tanto hablar de ciudad. Porque he tenido la oportunidad de experimentarla desde lugares muy distintos y he aprendido algo que con frecuencia olvidamos: la calidad de vida no depende únicamente del tamaño de una vivienda o del valor de una propiedad. También depende de la posibilidad de caminar, de encontrarse con otras personas, de tener servicios cerca y de sentirse parte de un barrio.
Recientemente escribí un artículo titulado ¿Seguimos diseñando para personas que no conocemos?. Mientras trabajaba en ese texto volví a pensar en Jane Jacobs y en una idea que sigue siendo tan vigente hoy como hace más de sesenta años. Las ciudades funcionan mejor cuando conservan su diversidad, su mezcla de usos y la vida cotidiana que ocurre en las calles.
Con el tiempo he aprendido algo parecido. Para comprender una ciudad hay que aprender a observar, preguntar e interpretar.
Y esta reflexión nace precisamente de una observación.
Una pregunta que siempre me hago en la Cinta Costera
Cada vez que voy a la Cinta Costera un fin de semana me pasa lo mismo. Veo familias, grupos de amigos, personas haciendo ejercicio, niños jugando y gente que simplemente fue a sentarse frente al mar. Pero también me llama la atención otra cosa. Muchas de esas personas vienen de lugares que están a una hora o más de distancia.
Algo parecido ocurre en el Parque Omar. Ambos se han convertido en grandes espacios de encuentro para la ciudad y reciben visitantes de casi todas partes de Panamá.
Entonces me hago una pregunta que llevo años repitiéndome. ¿Por qué tantas personas tienen que salir de sus barrios para encontrar un espacio como este?
No creo que la respuesta sea construir una Cinta Costera en cada rincón de la ciudad. Tampoco que todos los barrios necesiten un parque de la magnitud del Parque Omar. Pero sí me parece revelador que estos lugares sean tan excepcionales.
Su éxito habla de una necesidad que sigue sin resolverse. Muchas personas todavía tienen que desplazarse grandes distancias para acceder a espacios públicos de calidad, a lugares donde simplemente pueden caminar, encontrarse o pasar tiempo con sus familias.
Y cada vez que observo eso, inevitablemente termino pensando en otra discusión que aparece con frecuencia cuando hablamos del futuro de nuestras ciudades.
La diferencia entre renovar y revitalizar un barrio.
Dos palabras que solemos usar como si fueran lo mismo
La renovación urbana suele estar asociada con transformaciones físicas profundas. Nuevas infraestructuras, reemplazo de edificios, cambios importantes en el tejido urbano o grandes proyectos de inversión.
La revitalización urbana, en cambio, busca devolverle vida a un lugar que la ha ido perdiendo. Recuperar espacios públicos, rehabilitar edificios, fortalecer la actividad económica y mejorar la calidad de vida de quienes habitan el sector.
Sobre el papel, la diferencia parece clara. En la práctica, las cosas son mucho más complejas.
Porque tanto la renovación como la revitalización pueden terminar produciendo el mismo resultado: que las personas que dieron vida a un lugar ya no puedan seguir formando parte de él.
Y ahí, creo, es donde está la verdadera diferencia.
Cuando un barrio mejora, pero sus habitantes cambian
Las ciudades necesitan transformarse. Hay barrios que requieren nuevas infraestructuras, edificios que necesitan ser reemplazados y sectores enteros que demandan inversiones importantes. La renovación urbana no es el problema.
El problema aparece cuando una transformación termina beneficiando principalmente a quienes llegarán después y no a quienes han vivido allí durante años.
El Casco Antiguo es probablemente el ejemplo más evidente en Panamá.
Sería injusto negar el enorme valor de su recuperación patrimonial. Lo que se ha logrado allí es extraordinario y ha permitido rescatar una parte fundamental de la historia de la ciudad. Pero también sería injusto ignorar la otra cara de la historia.
Muchas de las personas que hicieron vida en ese lugar durante décadas ya no pueden permitirse permanecer allí.
En muchos lugares este fenómeno se conoce como gentrificación. Es un término tan discutido como incómodo porque nos obliga a preguntarnos quién puede permanecer en un barrio cuando este comienza a volverse más atractivo y más costoso.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Un barrio puede mejorar y, al mismo tiempo, cambiar de habitantes.
Seguimos empujando a la gente hacia las afueras
No creo que el objetivo de una ciudad sea que todo el mundo viva en el centro.
Muchas personas eligen vivir en la periferia porque encuentran viviendas más amplias, precios más accesibles o un estilo de vida que prefieren. La periferia no es el problema.
El problema aparece cuando la distancia deja de ser una elección y se convierte en una consecuencia de no poder permanecer cerca de las oportunidades que ofrece la ciudad.
Y mientras discutimos cómo intervenir los barrios centrales, seguimos construyendo cada vez más lejos de ellos.
Las consecuencias las conocemos bien. Más tiempo perdido en desplazamientos, mayor dependencia del automóvil, más presión sobre las infraestructuras y una ciudad cada vez más extensa y costosa de mantener.
En los últimos años, el Metro de Panamá ha comenzado a cambiar parte de esta realidad. Las líneas existentes han reducido tiempos de viaje, mejorado la conectividad y acercado oportunidades de empleo, estudio y servicios a miles de personas que viven lejos del centro de la ciudad.
Las futuras expansiones prometen seguir transformando esa relación entre el centro y la periferia. Pero también dejan una pregunta importante. ¿Estamos aprovechando esta nueva conectividad para construir una ciudad más integrada o seguiremos utilizando el transporte para sostener un modelo de expansión cada vez más lejano y disperso?
La movilidad puede acercar las distancias, pero por sí sola no corrige las desigualdades urbanas. Tampoco resuelve el problema de seguir expulsando a las personas cada vez más lejos de las oportunidades.
Los barrios que todavía esperan una oportunidad
Hay lugares de la ciudad que me generan una enorme curiosidad. Calidonia es uno de ellos.
Tiene una retícula urbana privilegiada, edificios de mediana altura, mezcla de usos, proximidad al empleo y una configuración que muchas ciudades del mundo están intentando recuperar después de décadas de expansión desordenada.
Cada vez que camino por allí me cuesta no pensar en su potencial. Muchas de las condiciones que hacen que un barrio sea más habitable ya existen en este lugar, aunque de una manera más deteriorada y mucho menos cuidada.
Sin embargo, también es un barrio que carga con décadas de abandono y estigmatización.
Por eso me pregunto si el día que llegue una gran inversión se buscará recuperar el barrio para quienes ya viven allí o si, una vez más, se entenderá la mejora urbana como la oportunidad de reemplazar a sus habitantes.
Algo parecido podría ocurrir en otros sectores de Santa Ana o de El Chorrillo.
En el fondo, muchas de estas preguntas tienen que ver con algo muy sencillo: quién tiene derecho a disfrutar de las oportunidades que la ciudad genera y quién termina quedando fuera de ellas.
¿Y si algunos barrios son peligrosos precisamente porque los abandonamos?
Con frecuencia escuchamos que ciertos sectores son demasiado peligrosos o demasiado complejos para intervenir.
Pero pocas veces nos hacemos la pregunta inversa.
¿Y si parte de esa realidad es precisamente consecuencia de décadas de abandono y falta de inversión?
Jane Jacobs hablaba de los «ojos en la calle», esa vigilancia natural que surge cuando los barrios están llenos de vida y las personas se apropian de los espacios públicos.
Décadas después, ciudades como Medellín intentaron traducir esa idea en políticas públicas. Los Proyectos Urbanos Integrales desarrollados en sectores como la Comuna 13 combinaron transporte, espacio público, bibliotecas y equipamientos comunitarios en barrios históricamente olvidados.
Los resultados no fueron perfectos y todavía hoy existen debates sobre la valorización del suelo y el riesgo de desplazamiento. Pero dejaron una lección importante.
El abandono no es un estado natural de un barrio. También es una decisión acumulada en el tiempo.
Existe abundante evidencia de que la mejora del espacio público, la recuperación de áreas deterioradas y la presencia de áreas verdes pueden contribuir a mejorar la percepción de seguridad, fortalecer el tejido social y generar mejores oportunidades para niños y jóvenes.
Por supuesto, un parque por sí solo no resolverá los problemas de violencia o desigualdad. Pero el entorno también importa.
Lo que El Cangrejo me ha enseñado sobre la ciudad
Vivo en El Cangrejo, un barrio que suele aparecer entre los mejores lugares para vivir en la ciudad. Pero no creo que eso tenga que ver con que sea un barrio de altos ingresos. De hecho, una de sus mayores virtudes es justamente la contraria.
El Cangrejo nació en la década de 1950 como un barrio moderno, pensado principalmente para las clases medias y altas de la época. Sus edificios de mediana altura, sus calles arboladas, sus usos mixtos y la proximidad entre vivienda, comercio y servicios terminaron creando un lugar con una escala muy humana y una vida urbana que todavía se siente en las calles.
Lo interesante es que, con el paso de los años, el barrio ha seguido transformándose.
Muchos de sus edificios, que originalmente fueron concebidos con apartamentos de más de 300 metros cuadrados, hoy están siendo renovados y adaptados a unidades más pequeñas y, por lo tanto, más accesibles.
Sé que este tipo de intervenciones suele generar debates entre arquitectos. Las discusiones sobre el diseño, la conservación de las tipologías originales o la calidad de algunas remodelaciones son completamente válidas. Pero, desde otra perspectiva, me parece un ejercicio valioso porque ayuda a que el barrio siga siendo diverso.
En El Cangrejo conviven personas que pagan alquileres de más de dos mil dólares al mes con otras que pagan seiscientos. También existen apartamentos muy amplios donde viven varias personas que no necesariamente son familia ni amigos, pero que, compartiendo gastos, logran permanecer en el barrio.
No es un barrio perfecto. Tiene muchos problemas y muchas cosas por mejorar. Pero sí demuestra algo que a veces olvidamos: las ciudades funcionan mejor cuando distintos tipos de personas pueden seguir encontrándose en un mismo lugar.
Quizá una de las razones por las que El Cangrejo sigue siendo un barrio tan deseado es precisamente porque reúne muchas de las cosas que hoy buscamos en las ciudades. Caminabilidad, mezcla de usos, espacios públicos, vida de barrio y, desde hace algunos años, una excelente conexión con el sistema de Metro.
Y eso también debería hacernos pensar.
¿Qué ocurre cuando un barrio se vuelve cada vez más deseable?
¿Cómo evitamos que las mismas condiciones que mejoran la calidad de vida terminen convirtiéndose en un factor de exclusión?
Las preguntas que me hago cuando escucho la palabra revitalización
También me pregunto si parte de la solución pasa por dejar de pensar la ciudad como un único centro y comenzar a construir varios.
Pero ¿qué es realmente un centro?
Un centro no es solamente un punto en el mapa. Es un lugar donde se concentran oportunidades. Empleo, servicios, comercio, equipamientos, cultura, espacio público y conectividad.
Las centralidades no se decretan. Se construyen. Y muchas veces se consolidan durante décadas.
Hace poco escuchaba a algunos comerciantes hablar sobre el futuro de la peatonal.
Algunos imaginaban un lugar lleno de marcas internacionales y comercios completamente distintos a los que existen hoy. Mientras los escuchaba me preguntaba si estábamos hablando de revitalizar la peatonal o de convertirla en otro lugar, pensado para otras personas y otros consumos.
También me pregunto qué ocurrirá en algunos de los barrios que hoy están mejor conectados o que pronto estarán aún más integrados al sistema de movilidad de la ciudad.
El Cangrejo, Calidonia, Santa Ana y otros sectores cercanos al Metro hoy poseen una accesibilidad y un valor estratégico que hace algunos años eran impensables, precisamente el tipo de condiciones que suelen desencadenar procesos de renovación, especulación y, en algunos casos, desplazamiento.
La experiencia de otras ciudades demuestra que las grandes inversiones en transporte público pueden aumentar el interés inmobiliario y acelerar los procesos de transformación urbana. Eso no es necesariamente algo negativo.
El problema aparece cuando la mejora de la conectividad termina convirtiéndose en otra razón para que quienes ya viven en estos lugares tengan cada vez más dificultades para permanecer en ellos.
Quizá una de las preguntas urbanas más importantes que tendrá que responder Panamá durante las próximas décadas es esta.
¿Qué pasará cuando todos queramos vivir cerca de una estación de Metro?
Mejorar un barrio sin cambiar a sus habitantes
No tengo una respuesta definitiva para todas estas preguntas.
Pero sí creo que otras ciudades han demostrado que existen alternativas.
En Viena, proyectos de vivienda pública como Karl-Marx-Hof, construido hace casi un siglo, o desarrollos más recientes como Sonnwendviertel, junto a la Estación Central, demuestran que la vivienda asequible puede formar parte de zonas consolidadas y bien conectadas.
En Barcelona, el Ayuntamiento ha adquirido edificios para destinarlos a vivienda protegida y ha impulsado reservas obligatorias de vivienda asequible en nuevos desarrollos.
Ninguno de estos modelos es perfecto ni puede trasladarse automáticamente a Panamá. Pero todos comparten una idea interesante.
Mantener la posibilidad de vivir cerca de las oportunidades también puede ser una decisión deliberada de ciudad.
El mercado inmobiliario rara vez produce diversidad social por sí solo. En muchas ciudades, mantener la posibilidad de vivir cerca de las oportunidades ha sido una decisión pública y deliberada.
El Estado tiene algo que el mercado no tiene. No está obligado a maximizar la rentabilidad de cada metro cuadrado.
Precisamente por eso puede intervenir para garantizar que la ciudad siga siendo un lugar donde personas con distintas realidades económicas puedan convivir y acceder a las mismas oportunidades.
Sigo aprendiendo sobre la ciudad cada vez que la camino.
Pero cada vez que escucho hablar de renovar o revitalizar un barrio vuelvo a pensar en las personas que ya viven allí. Pienso en las familias que han construido su vida en esos lugares, en los pequeños comercios, en las redes de apoyo que se forman con los años y en todo lo que una ciudad puede perder cuando una transformación urbana termina cambiando a sus habitantes.
Porque, al final, la diferencia entre renovar y revitalizar un barrio está en quién puede quedarse.
Si quieres publicar un artículo o proyecto lo puedes hacer desde Publicar contenido.










Un comentario