Arquitecto observando cómo distintas personas utilizan un espacio público antes de intervenirlo o diseñarlo.

Seguimos diseñando para personas que no conocemos

Recuerdo trabajar en el diseño de un edificio de oficinas donde dedicábamos horas a resolver cómo llegarían los autos, dónde se estacionarían y cómo se moverían dentro del edificio. Se analizaban radios de giro, accesos, puertas cocheras y recorridos vehiculares con un nivel de detalle admirable. Pero muy pocas veces nos hacíamos una pregunta mucho más simple: ¿Cómo llegaría la mayoría de las personas que trabajarían allí?

La paradoja es que probablemente entre el 60 % y el 70 % de sus usuarios nunca llegarían en automóvil. Llegarían caminando, en bus, en metro o combinando distintos medios de transporte. Sin embargo, el edificio estaba siendo diseñado desde la experiencia de quienes sí tenían auto. Fue uno de esos momentos en los que entendí algo que me ha acompañado desde entonces: muchas veces diseñamos basándonos más en nuestras suposiciones que en la vida de las personas que habitarán nuestros proyectos.

Recientemente asistí a una conferencia de la arquitecta y urbanista española Izaskun Chinchilla. Gran parte de su trabajo se ha centrado en una idea que parece obvia, pero que rara vez está en el centro de las conversaciones sobre ciudades: el bienestar cotidiano de las personas. En libros como La ciudad de los cuidados, Chinchilla plantea que durante décadas hemos construido entornos desde una visión parcial de la experiencia humana, dejando fuera cuestiones tan fundamentales como los cuidados, la infancia, el envejecimiento o las distintas formas de habitar.

Mientras la escuchaba, me di cuenta de que muchas veces seguimos diseñando para un usuario imaginario. Uno que se mueve como nosotros, vive como nosotros y tiene las mismas necesidades que nosotros. El problema es que las ciudades reales están hechas de personas mucho más diversas que esa simplificación.

Esta reflexión no aplica de la misma manera a todos los proyectos. Diseñar una vivienda para un cliente específico o un producto inmobiliario dirigido a un mercado determinado responde a otras dinámicas y a necesidades mucho más definidas. Pero cuando hablamos de proyectos con impacto comunitario -espacios comunitarios, espacios públicos, equipamientos, intervenciones urbanas o cualquier proyecto que transformará la vida cotidiana de un grupo amplio y diverso de personas- la situación cambia por completo. En esos casos, las personas para las que diseñamos rara vez tienen un rostro, un nombre o una sola manera de habitar el lugar.

Una madre que empuja un coche de bebé, un adulto mayor con movilidad reducida, un niño que utiliza la calle como espacio de juego o una persona que cuida a un familiar experimentan la ciudad de maneras completamente distintas. Diseñar para las personas implica aceptar que no existe un usuario universal.

La arquitectura y el urbanismo hablan constantemente de las personas. Las ponemos en el centro de nuestras presentaciones, de nuestros conceptos y hasta de nuestras justificaciones de diseño. Pero si somos honestos, hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿cuánto tiempo dedicamos realmente a entender cómo viven las personas antes de comenzar a diseñar para ellas?

Desde que tengo memoria me ha gustado observar a las personas. Ver cómo usan una calle, cómo escogen un recorrido, dónde deciden quedarse o qué espacios evitan. Con los años, y después de trabajar en proyectos muy distintos y de involucrarme cada vez más con las comunidades, he terminado convencido de algo: la observación es una de las herramientas más subestimadas que tenemos quienes diseñamos.

Muchas veces las personas ya nos están diciendo cómo viven y qué necesitan; el problema es que estamos tan concentrados en imaginar las respuestas que se nos olvida prestar atención a las pistas que dejan en su día a día.

Sentarse en una plaza y ver cómo la gente la usa. Caminar un barrio a distintas horas. Permanecer en un espacio sin la intención inmediata de intervenirlo. Observar quién se queda, quién se va, qué rutas toma la gente y qué lugares evita.

Todo eso produce algo muy valioso: información, precisamente lo que nos permite dejar de diseñar desde la especulación.

Porque la realidad es que muchas veces creemos entender a las personas cuando, en realidad, estamos proyectando nuestras propias experiencias sobre ellas. Pensamos que un barrio necesita más estacionamientos porque nosotros usamos el automóvil. Creemos que una plaza requiere más mobiliario porque a nosotros nos gustaría tener más mobiliario. Imaginamos que un espacio es inseguro porque nunca lo visitamos de noche.

Poco a poco comenzamos a diseñar ciudades basadas en nuestras suposiciones.

Sin embargo, observar tampoco es suficiente por sí solo. La ciudad es demasiado compleja para entenderla únicamente desde la experiencia individual. La observación necesita complementarse con datos, conteos, encuestas y otras herramientas que permitan identificar patrones más amplios y entender a quienes muchas veces no vemos o no están presentes en un momento determinado.

De hecho, observar y escuchar son dos caras de la misma moneda. La observación nos ayuda a identificar comportamientos; la conversación nos ayuda a entender las razones detrás de ellos. Cuando ambas cosas se combinan, empezamos a descubrir necesidades que difícilmente aparecerían en una encuesta o en una reunión de participación ciudadana.

Mi experiencia en el sector público ha reforzado todavía más esta idea. Muchas veces la participación ciudadana se reduce a presentar una propuesta ya terminada y preguntar si gusta o no gusta. Pero para entonces las decisiones más importantes ya fueron tomadas.

Y quizás ahí está una de nuestras mayores confusiones. Escuchar a la comunidad no significa pedirle que diseñe la ciudad. Tampoco significa preguntar simplemente qué quiere.

Muchas veces creemos que la participación consiste en sentar a un grupo de vecinos frente a un plano y preguntarles qué necesitan. La respuesta casi siempre será una lista de soluciones: más estacionamientos, más luminarias, más áreas deportivas o más cámaras de seguridad.

Pero rara vez esas respuestas explican el problema de fondo.

Una persona puede pedir más estacionamientos cuando en realidad lo que le preocupa es la inseguridad de caminar unas cuadras por la noche. Un vecino puede pedir más espacios recreativos cuando lo que extraña es la posibilidad de encontrarse con otras personas en su barrio.

Las soluciones que la gente propone no necesariamente están equivocadas, pero suelen ser una interpretación de sus necesidades, no la necesidad en sí misma.

Por eso, diseñar para las personas no consiste en darles exactamente lo que piden. Significa obtener información que nos permita comprender mejor cómo viven y, a partir de ello, tomar mejores decisiones.

Observar y escuchar no reemplazan el diseño. Lo hacen más preciso.

El trabajo del arquitecto y del urbanista sigue siendo tomar decisiones, priorizar necesidades y resolver contradicciones. Porque las ciudades están llenas de intereses distintos e incluso opuestos. La diferencia es que esas decisiones dejan de basarse únicamente en nuestras intuiciones y comienzan a apoyarse en una comprensión más profunda de las personas y de sus contextos.

Pienso en lugares como El Cangrejo, un barrio donde vivo, que funciona sorprendentemente bien pese a muchas de sus carencias. Sus calles son caminables, las distancias son cortas y todavía es posible resolver buena parte de la vida cotidiana sin depender completamente del automóvil. La gente se encuentra en las aceras, se sienta en los cafés y utiliza el barrio a distintas horas del día. No es un lugar perfecto, pero sí un recordatorio de que la calidad urbana también se mide por las relaciones y las experiencias cotidianas que un barrio hace posibles.

La arquitectura y el urbanismo no se tratan únicamente de organizar espacios. También se tratan de entender cómo vivimos en ellos.

Después de varios años de profesión, creo que una de las lecciones más importantes que me ha dejado la ciudad es que las personas nos dejan pistas constantemente sobre cómo viven, qué les preocupa y qué valoran de los lugares que habitan. El problema es que muchas veces estamos tan ocupados imaginando las respuestas que se nos olvida detenernos a observar esas pistas.

Quizás la mayor deuda de nuestra profesión no sea técnica. Quizás sea que todavía dedicamos demasiado tiempo imaginando cómo viven las personas y muy poco tiempo intentando entender cómo viven realmente. Porque antes de dibujar una línea, la ciudad ya nos está hablando. Nuestra responsabilidad es aprender a escucharla.


Si quieres publicar un artículo o proyecto lo puedes hacer desde Publicar contenido.