Hace poco me encontré una imagen en LinkedIn que mostraba a una persona andando en bicicleta mientras arrastraba una estructura tubular del tamaño aproximado de un automóvil.
La imagen era sencilla, pero el mensaje era bastante claro. Buscaba hacer visible cuánto espacio ocupa un carro cuando transporta a una sola persona y contrastarlo con el espacio mucho menor que requiere una bicicleta.
Me pareció una imagen inteligente.
Y también me hizo pensar en algo completamente distinto.
No en los carros. Tampoco en las bicicletas.
Lo que me llamó la atención fue la rapidez con la que solemos convertir temas complejos en posiciones fáciles de resumir.
Carro malo, bici buena.
Mientras más veía la imagen, más me daba cuenta de que el título de este artículo podría resumir perfectamente muchas conversaciones actuales sobre ciudad. No porque sea una postura equivocada, sino porque tiene la misma simplicidad con la que a veces explicamos asuntos que son mucho más complejos de lo que parecen.
Lo curioso es que no hace mucho tiempo la narrativa dominante parecía ser la contraria. Durante décadas, en muchas ciudades, más vías, más estacionamientos y más carros eran vistos como señales de progreso. Hoy, en algunos espacios, pareciera que el automóvil ha pasado a ocupar el rol opuesto: el problema es el carro y la solución es cualquier cosa que no sea el carro.
Y ahí fue donde empecé a preguntarme si realmente estábamos discutiendo sobre movilidad o sobre algo mucho más amplio.
Porque cada vez me parece más frecuente encontrar conversaciones donde la complejidad desaparece rápidamente para dar paso a respuestas simples. Elegimos un bando, identificamos un culpable, encontramos una solución y seguimos adelante.
Pero las ciudades rara vez funcionan de esa manera.
Cuando las ciudades se convierten en bandos
No sé exactamente cuándo empezó a pasar, pero cada vez tengo más la sensación de que muchas conversaciones sobre ciudad terminan convirtiéndose en discusiones entre bandos.
No importa demasiado si hablamos de movilidad, espacio público, patrimonio, densidad o crecimiento urbano. Con frecuencia pareciera que existe la necesidad de escoger una posición y defenderla.
Como si los problemas complejos pudieran resumirse en una consigna.
Quizás por eso la imagen que vi me dejó pensando. No porque estuviera en desacuerdo con ella. De hecho, buena parte de las críticas que suelen hacerse a las ciudades diseñadas alrededor del automóvil son completamente válidas. Basta caminar por muchos sectores para entender cómo durante décadas se priorizó el movimiento de los vehículos sobre la experiencia de las personas.
Pero entre reconocer un problema y asumir que existe una única solución hay una distancia importante.
Durante años muchas ciudades crecieron bajo la idea de que más vías y más espacio para los autos resolverían los problemas de movilidad. Hoy, en algunos espacios, pareciera existir la certeza opuesta: que reducir la presencia del automóvil resolverá automáticamente esos mismos problemas.
Lo que me genera dudas no es que se cuestionen las decisiones del pasado. Muchas veces es necesario hacerlo. Lo que me preocupa es la facilidad con la que reemplazamos una simplificación por otra.
Cuando dejamos de buscar héroes y villanos, la conversación suele volverse mucho más interesante.
La ciudad que conozco no siempre es la ciudad que conocen los demás
Quizás parte de esta incomodidad con las respuestas absolutas viene de algo bastante simple: a lo largo de mi vida he vivido en distintos puntos de la ciudad de Panamá.
Algunos más céntricos. Otros bastante alejados. He pasado por épocas donde podía caminar gran parte de mis recorridos diarios y por otras donde movilizarme implicaba madrugar, hacer trasbordos, pasar horas en el tráfico o depender por completo de un sistema de transporte para llegar a tiempo a cualquier lugar.
Y mientras más experiencias distintas he acumulado, más difícil me resulta pensar la ciudad desde una sola perspectiva.
Porque algo que he aprendido es que muchas veces hablamos de Panamá como si todos estuviéramos experimentando la misma ciudad.
Y no es así.
La experiencia de alguien que vive cerca de su trabajo, tiene acceso a una estación de metro a pocos minutos y puede resolver gran parte de sus necesidades cotidianas caminando, que casualmente es mi caso, es muy distinta a la de alguien que vive en las afueras y todos los días debe recorrer largas distancias para llegar al centro.
Ambas experiencias son reales.
Ambas forman parte de la misma ciudad.
Y, sin embargo, muchas veces parecen ciudades completamente diferentes.
Por eso cuando escucho afirmaciones categóricas sobre cómo debería moverse todo el mundo, inevitablemente me pregunto desde qué experiencia están siendo formuladas.
No porque estén equivocadas, sino porque toda experiencia tiene límites. Todos observamos la ciudad desde el lugar que habitamos, desde los recorridos que hacemos y desde los problemas que enfrentamos diariamente.
Lo que para una persona puede parecer una solución evidente, para otra puede representar una dificultad completamente distinta. Y creo que ahí es donde muchas conversaciones comienzan a perder matices. Porque sin darnos cuenta terminamos convirtiendo experiencias personales en conclusiones generales.
Asumimos que si algo funciona para nosotros debería funcionar para todos. O que si determinado problema no forma parte de nuestra rutina entonces probablemente no sea tan relevante. Pero las ciudades son demasiado diversas para funcionar de esa manera.
De hecho, una de las cosas que más me interesan cuando observo cómo se transforma Panamá es precisamente esa diversidad de experiencias. Las dinámicas que existen en sectores céntricos no son necesariamente las mismas que encontramos en otras zonas. Las distancias cambian. Los tiempos cambian. Las opciones disponibles cambian. Incluso las razones por las que las personas toman ciertas decisiones cambian.
Y quizás por eso me cuesta reducir conversaciones complejas a respuestas universales.
Porque antes de preguntarnos cuál es la mejor solución, muchas veces vale la pena preguntarnos algo más sencillo: ¿para quién estamos pensando esa solución?
El problema no siempre es el vehículo
Pensando en todo esto, me doy cuenta de que muchas veces la conversación termina concentrándose en el vehículo equivocado. No me refiero al carro o a la bicicleta. Me refiero a la idea de que el vehículo es el problema principal.
Durante unos meses acompañe a mi madre que estaba recién operada por lo cual me mude a su casa por ese tiempo. En ese momento utilizaba el metro para ir a trabajar y la experiencia era muy distinta a la que estaba acostumbrado en mi día a día desde donde vivo.
El sistema funcionaba. Los tiempos eran predecibles. Llegar al destino era mucho más rápido que hacerlo por carretera. Pero también recuerdo días en los que tenía que dejar pasar varios trenes porque ya venían completamente llenos.
Esa experiencia me hizo ver algo que muchas veces desaparece de las discusiones sobre movilidad: las personas toman decisiones dentro de las opciones que tienen disponibles, no dentro de escenarios ideales.
Por eso me cuesta cuando la conversación se reduce a una pregunta tan simple como por qué alguien sigue usando el carro. Porque las respuestas rara vez son simples.
Hay personas que viven lejos porque encontraron una vivienda más accesible. Otras porque allí está su familia. Algunas porque necesitaban más espacio. O porque simplemente las oportunidades que tuvieron las llevaron a vivir en determinado lugar y no en otro.
Después aparece la movilidad.
El metro puede resolver una parte del recorrido. El autobús otra. A veces hay que combinar ambos. En otros casos hay que sumar taxis, caminar largas distancias o depender de conexiones que no siempre funcionan de la manera más eficiente.
Y es ahí donde muchas personas terminan optando por el automóvil. No necesariamente porque sea la mejor solución para la ciudad. Ni porque desconozcan los problemas que genera. Muchas veces simplemente porque es la solución que mejor les funciona dentro de las condiciones que enfrentan todos los días.
Por eso siento que, cuando hablamos de movilidad, el debate se vuelve más interesante si dejamos de preguntarnos únicamente qué medio de transporte debería utilizar la gente y comenzamos a preguntarnos por qué toma las decisiones que toma.
Porque en muchos casos el problema no es el vehículo. El problema está en las condiciones que hacen que ciertas opciones resulten más viables que otras.
Resolver o trasladar problemas
Quizás por eso también me generan dudas algunas discusiones sobre ciudad que presentan determinadas intervenciones como soluciones definitivas. No porque las intervenciones sean malas. Muchas veces son necesarias e incluso urgentes.
Lo que ocurre es que, después de años observando cómo se transforma Panamá, cada vez me cuesta más pensar los problemas urbanos de forma aislada. Una mejora suele revelar otras carencias que ya existían. Una solución puede resolver una parte del problema mientras expone otras necesidades que todavía siguen pendientes.
No menciono esto para argumentar que no deban hacerse cambios. Todo lo contrario. Las ciudades necesitan transformarse constantemente. Lo que me interesa es recordar que pocas veces estamos resolviendo un problema aislado; casi siempre estamos interviniendo una realidad mucho más compleja de lo que parece.
Lo que me preocupa no son los carros
Si vuelvo a pensar en aquella imagen que dio origen a este artículo, me doy cuenta de que nunca estuve realmente pensando en carros o bicicletas. Lo que me llamó la atención fue la facilidad con la que convertimos temas complejos en respuestas fáciles de entender, compartir y defender.
Supongo que es algo natural. Las ciudades están llenas de variables, intereses, limitaciones y contradicciones. Buscar explicaciones sencillas resulta mucho más cómodo que aceptar que muchas veces no existe una única respuesta correcta.
Sin embargo, cuanto más observo cómo funcionan las ciudades, más me convence una idea bastante simple: las personas toman decisiones dentro de las opciones que tienen disponibles, no dentro de escenarios ideales.
Quizás por eso cada vez me interesan menos las discusiones que intentan determinar si algo es bueno o malo de forma absoluta. Me parecen mucho más interesantes las conversaciones que intentan entender por qué las personas hacen lo que hacen y qué condiciones terminan influyendo en esas decisiones.
Cuando observamos la ciudad desde esa perspectiva, el automóvil deja de ser simplemente un problema y la bicicleta deja de ser automáticamente una solución. La conversación empieza a desplazarse hacia comprender las razones que producen determinadas dinámicas urbanas y reconocer que una misma respuesta puede funcionar muy bien en un contexto y resultar insuficiente en otro.
Al final, la imagen que vi probablemente cumplió su objetivo. Me hizo detenerme a pensar. Solo que no terminé pensando en el espacio que ocupa un automóvil, sino en lo fácil que resulta juzgar decisiones sin entender las condiciones que las producen.
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