Collage editorial con distintas propuestas urbanas de Y SI... en Ciudad de Panamá, combinando intervenciones en espacio público, imágenes aéreas y calles peatonales para representar cómo la observación urbana inspira nuevas formas de transformar la ciudad.

Antes de proponer, aprendí a observar

Como he comentado en otros artículos, soy de Ciudad de Panamá y he vivido en muchos de sus barrios. Sin proponérmelo, cada mudanza me permitió conocer una ciudad distinta. Cambiaban las calles, los vecinos y las rutinas, pero había algo que siempre permanecía igual: mi costumbre de caminar. Durante mucho tiempo pensé que simplemente disfrutaba recorrer la ciudad. Hoy creo que, en realidad, lo que siempre tuve fue curiosidad. Y sin saberlo, estaba desarrollando una forma de observación urbana que terminaría cambiando mi manera de entender y participar en la ciudad.

Hay personas que conocen una ciudad por los lugares que frecuentan. Yo siento que he aprendido a conocer Ciudad de Panamá caminándola. No porque caminar sea la única forma de recorrerla, sino porque es la única que me obliga a bajar el ritmo lo suficiente para observar aquello que normalmente pasa desapercibido.

Cuando uno va en automóvil, la ciudad se convierte en una sucesión de destinos. Caminando aparecen los detalles. Un comercio que acaba de abrir. Una acera que desaparece de repente. Un árbol que alguien decidió conservar durante una construcción. Personas que prefieren caminar por la calle y no por la acera. Esas pequeñas cosas empezaron a despertar preguntas que, con el tiempo, se hicieron cada vez más frecuentes.

No camino buscando problemas.

Camino intentando entender por qué la ciudad funciona como funciona.

Y esa diferencia terminó siendo fundamental.

Con los años dejé de observar únicamente los edificios. Empecé a observar a las personas. Me interesaba entender por qué una esquina siempre estaba llena mientras otra permanecía vacía. Por qué un parque recibía muy pocas visitas y, en cambio, una acera cualquiera terminaba convirtiéndose en el punto de encuentro del barrio. Poco a poco comprendí que una ciudad no se explica solamente por su arquitectura. También se explica por los comportamientos que ocurren dentro de ella.

Durante años hice exactamente lo mismo.

Observaba.

Llegaba a casa.

Imaginaba cómo podría mejorar un lugar.

Y la idea terminaba quedándose conmigo.

Al día siguiente aparecía otra.

Y unos días después otra más.

Hasta que un día me di cuenta de algo que me incomodó.

Estaba dedicando mucho tiempo a pensar cómo podrían mejorar distintos espacios de la ciudad, pero esas ideas nunca salían de mi mente. Permanecían ahí, acumulándose, sin producir absolutamente ningún cambio.

Entonces entendí que criticar una ciudad era relativamente sencillo.

Lo difícil era atreverse a proponer una alternativa.

Una crítica puede abrir una conversación.

Una propuesta puede abrir un camino.

Fue entonces cuando apareció una pregunta que terminaría cambiando mi manera de participar en la ciudad.

¿Y si…?

No era una pregunta para encontrar la respuesta perfecta, era una invitación a explorar posibilidades.

Observar también es una forma de participar

Así nació Y SI…, una iniciativa personal que comencé a desarrollar en 2023 como parte de THNKNG, una plataforma desde donde reflexiono, exploro y experimento proyectos relacionados con la ciudad, la arquitectura, el diseño y la innovación. THNKNG nació de la misma inquietud que dio origen a este artículo: cuestionar lo cotidiano e imaginar posibilidades antes de aceptar que las cosas tienen que permanecer exactamente como están.

Dentro de ese universo, Y SI… surgió como un ejercicio para explorar nuevas posibilidades en espacios cotidianos de Ciudad de Panamá y compartirlas mediante videos con procesos de fotomontajes capaces de hacer visibles ideas que, de otra manera, serían difíciles de explicar.

Nunca pensé Y SI… como un proyecto de urbanismo ni como una colección de renders. Las imágenes eran únicamente el medio para iniciar una conversación. Lo verdaderamente importante ocurría mucho antes de abrir cualquier programa de diseño: caminar, observar, volver varias veces al mismo lugar y tratar de comprender qué dinámicas podían mejorar la vida cotidiana de quienes lo habitaban.

No estaba intentando diseñar espacios, estaba intentando imaginar nuevas formas de vivirlos.

No me interesaba hacer un lugar más bonito. Me interesaba preguntarme qué cosas podrían ocurrir allí. Porque diseñar una plaza no garantiza que exista vida en ella. En cambio, crear las condiciones para que las personas quieran permanecer, conversar, caminar o apropiarse de un lugar sí puede transformar la manera en que un barrio funciona.

También descubrí que observar una ciudad exige algo que hoy parece escaso: tiempo. Un lugar nunca se entiende durante la primera visita. Hace falta volver. Recorrer la misma calle una mañana de lunes, una tarde cualquiera o un domingo. Sentarse unos minutos sin prisa y dejar que el lugar empiece a hablar por sí solo. Solo entonces comienzan a aparecer patrones que antes parecían invisibles.

Con el tiempo entendí que las ciudades no empiezan a cambiar cuando alguien presenta un proyecto. Empiezan a cambiar cuando alguien aprende a observarlas de una manera distinta.

Lo que Villa Lucre me enseñó sobre la ciudad

Hay un lugar al que vuelvo constantemente y que, sin proponérmelo, terminó convirtiéndose en uno de los ejercicios de observación más valiosos que he realizado.

Mi mamá y mi hermana viven en Villa Lucre. Cada vez que voy a visitarlas repito prácticamente el mismo recorrido, tomo el Metro y camino hasta su casa. Lo he hecho tantas veces que el trayecto dejó de ser simplemente una forma de llegar. Poco a poco comenzó a convertirse en una oportunidad para entender cómo funcionaba el barrio.

Nunca salía con la intención de analizarlo, simplemente ocurría.

Cada recorrido respondía una pregunta y, al mismo tiempo, planteaba otra distinta.

Al principio veía lo mismo, que probablemente veía cualquier otra persona, una avenida amplia, mucho tráfico y un espacio dominado por los automóviles.

Pero cuando dejé de recorrer el lugar como un visitante y empecé a hacerlo con la frecuencia de quien conoce sus horarios y sus rutinas, comenzaron a aparecer preguntas diferentes.

¿Por qué una vía de cuatro carriles parecía indispensable durante un corto período de la mañana y, sin embargo, permanecía sobredimensionada el resto del día?

¿Por qué un barrio con miles de habitantes tenía tan pocos lugares donde simplemente permanecer?

¿Por qué los puntos de encuentro terminaban siendo, casi siempre, plazas comerciales?

Poco a poco entendí que el problema no estaba únicamente en la cantidad de carriles.

El verdadero problema era todo lo que el barrio estaba dejando de ganar para poder mantenerlos.

La congestión que todos percibíamos no se originaba realmente en esa avenida, era consecuencia del flujo lento que provenía de la Vía Tocumen y se concentraba únicamente durante las horas de mayor demanda. El resto del tiempo, una enorme cantidad de espacio permanecía destinada a un uso que apenas ocurría durante una pequeña parte del día.

Entonces dejé de preguntarme si era posible eliminar un carril.

La pregunta realmente importante era otra.

¿Qué podría ocurrir si parte de ese espacio comenzara a destinarse a las personas?

La propuesta no consistía únicamente en reducir espacio para los automóviles. Imaginé aceras más amplias, una ciclovía segura, árboles que protegieran del sol, mobiliario urbano, espacios para permanecer y pequeños puestos temporales que fortalecieran la vida del barrio. No buscaba transformar la avenida en una postal más atractiva. Buscaba que ofreciera nuevas posibilidades para quienes la recorren todos los días.

Porque cuando cambia el uso de un espacio, también cambian las relaciones que ocurren dentro de él.

Cambiar una dinámica antes que una avenida

La propuesta que imaginé para Villa Lucre nunca tuvo la intención de convertirse en un proyecto ejecutivo ni de presentarse como una solución definitiva. Su verdadero propósito era demostrar que existían otras maneras de pensar un espacio que durante años habíamos dado por sentado.

Muchas veces creemos que transformar una ciudad significa construir grandes infraestructuras o ejecutar inversiones millonarias. Sin embargo, algunas de las transformaciones más significativas comienzan con una pregunta sencilla: ¿qué pasaría si este lugar se utilizara de otra manera?

En el caso de Villa Lucre, la discusión no debía centrarse únicamente en si era posible reducir un carril para los automóviles. La conversación realmente importante era todo lo que ese espacio podía ofrecer si una parte comenzaba a destinarse a las personas.

Imaginé aceras más amplias que invitaran a caminar con comodidad, árboles que hicieran más agradable permanecer bajo el sol panameño, una ciclovía que conectara el barrio de forma segura, bancas donde simplemente fuera posible sentarse unos minutos y pequeños comercios que aprovecharan el aumento del tránsito peatonal. No eran elementos extraordinarios. De hecho, existen en miles de ciudades alrededor del mundo. Lo extraordinario era imaginar que podían formar parte de un lugar donde casi nadie los estaba planteando.

Pero tampoco creo que una transformación de esa escala deba imponerse de un día para otro.

Si algo he aprendido observando la ciudad es que las personas necesitan experimentar los cambios antes de apropiarse de ellos.

Mientras desarrollaba la propuesta, inevitablemente empecé a imaginar cómo podría hacerse realidad. La primera respuesta que encontré fue que no debía empezar con una obra permanente, sino con un ejercicio de urbanismo táctico.

Me parecía la forma más lógica de hacerlo. Una propuesta que rompe con la manera tradicional de entender un espacio necesita demostrar que realmente funciona. Probarla de forma temporal permite observar cómo reaccionan las personas, recopilar información, corregir lo que sea necesario y, solo entonces, tomar decisiones sobre una intervención definitiva. Así, en lugar de asumir que una idea es correcta desde el principio, es el propio uso del espacio el que termina validándola o señalando cómo mejorarla.

Cerrar temporalmente un carril un domingo. Organizar actividades culturales, deportivas o gastronómicas. Incorporar mobiliario temporal, vegetación o pintura para redefinir los espacios. Observar cómo reaccionan las personas. Medir el uso del lugar. Escuchar a los vecinos. Identificar qué funciona y qué necesita mejorar.

Si la intervención genera resultados positivos, entonces vale la pena pensar en una transformación permanente. Si no funciona, siempre existirá la posibilidad de ajustar la propuesta antes de realizar inversiones mucho mayores.

Ese enfoque no solo permite tomar mejores decisiones. También cambia la relación entre la ciudadanía y los proyectos urbanos.

Con demasiada frecuencia las ciudades se diseñan para las personas, pero sin las personas.

Creo que esa lógica necesita invertirse.

Cuando los vecinos participan desde las primeras pruebas, dejan de sentirse espectadores de una obra para convertirse en parte de su construcción. Las propuestas dejan de percibirse como decisiones impuestas y comienzan a entenderse como procesos colectivos de aprendizaje.

Después de todo, nadie conoce mejor un barrio que quienes lo viven todos los días.

Estoy convencido de que todos tenemos un lugar parecido a Villa Lucre. Esa calle que recorremos todos los días. Ese parque al que casi nunca entramos. Esa esquina donde siempre ocurre lo mismo. Quizá la diferencia no esté en el lugar, sino en la decisión de comenzar a observarlo con otros ojos.

Esa manera de entender la ciudad también cambió la forma en que concebí Y SI….

El objetivo nunca ha sido convencer a alguien de que una idea es correcta, el verdadero propósito es abrir conversaciones.

Si una propuesta consigue que alguien mire su barrio con otros ojos, que haga una pregunta diferente o imagine una posibilidad que antes no había considerado, entonces ya ha cumplido una parte importante de su objetivo.

Porque las ciudades no cambian únicamente cuando se construye algo nuevo.

También cambian cuando cambia la forma en que las personas las imaginan.

Cuando una propuesta abre nuevas oportunidades

Cuando publiqué las primeras propuestas de Y SI…, nunca imaginé hasta dónde podían llegar.

Para mí eran, sobre todo, una forma de ordenar ideas y compartir una manera distinta de observar la ciudad. No existía un plan para convertir el proyecto en una plataforma profesional. Simplemente quería abrir conversaciones sobre posibilidades que, desde mi perspectiva, valía la pena explorar.

Con el tiempo, algunas de esas propuestas comenzaron a llegar a personas interesadas en el diseño, la arquitectura y el urbanismo. Esas conversaciones me abrieron la oportunidad de aportar desde la administración pública.

Trabajar en el sector publico me ha permitido adicionar una perspectiva de como entender la ciudad. Aprendí la enorme cantidad de factores necesarios para que una idea llegue a convertirse en un proyecto y que rara vez son visibles para quienes solo ven el resultado final.

Lo que más me sorprendió fue descubrir que ese aprendizaje no cambió la esencia de las propuestas que ya había desarrollado.

La fortaleció.

Muchas de las ideas que habían surgido únicamente a partir de caminar, observar y hacer preguntas encontraron respaldo al comprender cómo realmente se planifican y ejecutan los proyectos urbanos. Esa experiencia confirmó que cuando una propuesta nace de una observación rigurosa del lugar y de las personas que lo habitan, tiene muchas más posibilidades de ser viable de lo que imaginamos.

Al mismo tiempo, ese aprendizaje comenzó a alimentar cada nueva propuesta de Y SI….

Hoy sigo desarrollando ideas con la misma curiosidad con la que empecé, pero ahora cada una incorpora una comprensión mucho más amplia sobre los procesos que hacen posible una transformación urbana. No para limitar la creatividad, sino para fortalecerla.

Seguir caminando

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que Y SI… nunca fue realmente el destino de este recorrido.

También entiendo que poder aportar desde la administración pública tampoco lo fue.

Ambas experiencias fueron consecuencia de una costumbre mucho más simple: caminar y observar.

Caminar me enseñó que una ciudad siempre tiene algo nuevo que mostrar cuando dejamos de recorrerla con prisa. Me enseñó que detrás de cada espacio existe una historia, una dinámica y una oportunidad que normalmente pasan desapercibidas. Pero, sobre todo, me enseñó que las mejores preguntas aparecen cuando dejamos de asumir que las cosas tienen que ser exactamente como son.

Hoy sigo caminando con la misma curiosidad con la que empecé hace años.

La diferencia es que ahora cada recorrido está acompañado por todo lo que he aprendido observando la ciudad y participando en la forma en que se planifican sus transformaciones. Ambas experiencias dejaron de ser caminos separados. Hoy una alimenta constantemente a la otra.

Cuando encuentro un espacio desaprovechado ya no pienso únicamente en cómo podría verse diferente.

Pienso en cómo podría funcionar mejor.

Pienso en las personas que lo habitan, en las actividades que podría albergar, en los procesos que harían posible esa transformación y en el impacto que podría tener sobre la vida cotidiana de un barrio.

No pretendo decir que estas respuestas sean las únicas posibles. De hecho, probablemente muchas de mis propuestas puedan mejorarse. Pero si algo he aprendido es que una ciudad avanza más cuando compartimos preguntas que cuando defendemos certezas.

Sigo creyendo que las ciudades necesitan grandes proyectos, pero también estoy convencido de que muchas de las transformaciones más importantes comienzan mucho antes de que exista un plano, un presupuesto o una obra.

Comienzan cuando alguien decide detenerse a observar.

La próxima vez que camines por tu barrio, intenta hacerlo un poco más despacio.

No buscando problemas.

No pensando en grandes proyectos.

Solo observando.

Tal vez descubras que las ciudades llevan años haciéndonos preguntas y que, simplemente, no nos habíamos detenido el tiempo suficiente para escucharlas.

Porque, al final, a veces no hace falta transformar toda una ciudad. Basta con cambiar la dinámica de una esquina para que empiece a cambiar todo lo que ocurre alrededor.


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