Hace un tiempo recibí un correo de Leonardo Villalobos Bonilla. Es lector de EnteUrbano y quiso compartir conmigo un libro que había escrito, Arquitectura del Encuentro. Mejoramiento espacial y funcional con enfoque humano.
Le respondí que lo leería y que, después de hacerlo, escribiría una reseña. Ahora que terminé el libro, creo que aquella conversación merece continuar.
No porque haya encontrado en sus páginas una teoría completamente nueva sobre la ciudad. Muchas de las ideas que desarrolla forman parte de una conversación que lleva décadas ocurriendo en la arquitectura y el urbanismo. Jane Jacobs, Jan Gehl, Kevin Lynch y otros autores que el propio Leonardo incluye en su bibliografía ya han hablado extensamente sobre la escala humana, la vida urbana, las calles, el espacio público, la movilidad y la relación entre las personas y los lugares que habitan.
Lo que encontré fue otra cosa. Un libro que reúne esas preocupaciones y las organiza alrededor de una idea que parece sencilla, pero que tiene consecuencias bastante profundas cuando empezamos a llevarla al territorio. La ciudad debería estar pensada para que las personas quieran quedarse.
Mientras avanzaba por sus páginas, inevitablemente fui comparando lo que leía con algunas de las cosas que he escrito y pensado durante los últimos años sobre nuestras ciudades. Y esa comparación terminó siendo, para mí, una de las partes más interesantes de la lectura.
Volver a mirar el suelo
Hay algo que me sucede cada vez que leo sobre arquitectura y ciudad. Después de un rato termino pensando en el suelo, quizás porque es allí donde realmente ocurre buena parte de la vida urbana.
En los edificios podemos hablar de estructuras, fachadas, materiales, alturas y programas. Pero cuando salimos de ellos aparecen otras preguntas. ¿Podemos caminar? ¿Hay sombra? ¿Podemos sentarnos? ¿La calle nos resulta agradable? ¿Tenemos alguna razón para detenernos? ¿Podemos cruzar? ¿Hay algo que mirar? ¿Sentimos que ese espacio también nos pertenece?
El libro de Leonardo vuelve constantemente sobre esas preguntas. Desde sus primeras páginas plantea que una ciudad habitable necesita recuperar la escala humana y que plazas, calles, parques y centros cívicos deben funcionar como escenarios de encuentro, identidad y permanencia. Más adelante desarrolla esa idea al hablar de arquitectura del encuentro, donde el espacio deja de ser entendido únicamente como una estructura física y comienza a ser visto como un escenario para las relaciones humanas.
Aquí encontré una coincidencia muy clara con una preocupación que he desarrollado en EnteUrbano. Cuando escribí sobre la humanización de las ciudades, cuestionaba esa manera de construir edificios extraordinarios mientras dejamos sin resolver el espacio que existe entre ellos. Torres nuevas, grandes inversiones, fachadas cuidadosamente diseñadas y, a pocos metros, una acera rota, sin sombra y sin ningún motivo para permanecer.
Leonardo llega a un lugar parecido desde otro recorrido. La arquitectura adquiere sentido cuando consigue relacionarse con la vida que ocurre alrededor.
Me parece una idea fundamental, aunque también es aquí donde empieza mi primera pregunta.
El diseño puede invitar, pero no puede obligar
Uno de los conceptos que más aparece en el libro es el encuentro. El autor habla de espacios que invitan a permanecer, de mobiliario que facilita la conversación, de programación comunitaria, de accesibilidad, de vegetación, de confort climático y de lugares capaces de generar apropiación. Incluso resume varios de estos principios en una lista que incluye escala humana, diversidad de usos, transparencia, accesibilidad universal, flexibilidad temporal y confort climático.
Estoy bastante de acuerdo con el planteamiento, pero hay una diferencia que para mí resulta importante. Un buen diseño puede crear las condiciones para que algo suceda. No puede garantizar que suceda.
Una banca bien ubicada puede convertirse en un lugar de encuentro. También puede permanecer vacía. Una plaza puede tener árboles, sombra, mobiliario y buena accesibilidad y seguir sin ser utilizada. Y también ocurre lo contrario. Hay lugares que nunca fueron concebidos como grandes espacios de encuentro y que terminan siendo fundamentales para una comunidad.
Esto no invalida la arquitectura. La vuelve más interesante, porque obliga a reconocer que el espacio físico es solamente una parte de la ecuación. También están la cultura, la economía, la seguridad, la gestión, el mantenimiento, los usos existentes, las dinámicas sociales y las decisiones políticas que determinan quién puede utilizar un lugar y de qué manera.
El propio libro llega a reconocerlo cuando plantea que la arquitectura del encuentro no termina con la construcción. Habla de gestión, programación y apropiación como dimensiones necesarias para que un espacio público pueda convertirse realmente en un tejido vivo.
Para mí, esa es una de las ideas más interesantes del libro. Un parque no termina cuando se corta la cinta.
La banca, la sombra y las pequeñas decisiones
Hay una frase del libro que me hizo detenerme: «Una banca bien ubicada puede ser más transformadora que una autopista.»
No la interpreto literalmente. La entiendo como una provocación para cambiar nuestra escala de valoración. Estamos acostumbrados a medir la ciudad desde números grandes. Kilómetros de carretera, cantidad de vehículos, metros cuadrados construidos, número de estacionamientos, velocidad y capacidad. Pero la experiencia cotidiana muchas veces se define por decisiones muchísimo más pequeñas.
Una banca, un árbol, una acera continua, un cruce seguro, una sombra o un lugar donde esperar pueden cambiar radicalmente la experiencia de una persona. En esto el libro conecta con algo que considero particularmente importante en el diseño urbano. La calidad de una ciudad también se juega en sus detalles cotidianos.
Y aquí encuentro una de las mayores virtudes del texto. Leonardo consigue llevar conceptos que pueden parecer abstractos hacia elementos que podemos reconocer fácilmente cuando caminamos por una ciudad.
Cuando la movilidad también se convierte en espacio público
El capítulo dedicado al transporte público fue otro de los que más me interesó. Leonardo plantea que el transporte público debería entenderse como una columna vertebral de la ciudad y no como un complemento. Para desarrollar esa idea utiliza casos como Curitiba, Medellín, Ciudad de México y París.
La conexión me parece importante porque seguimos hablando muchas veces de movilidad como si fuera un problema separado del espacio público. No lo es.
Una persona que camina hacia una estación está utilizando espacio público. Una persona que espera un autobús está utilizando espacio público. Una persona que sale de una estación y necesita atravesar una avenida también está experimentando la ciudad. Incluso el trayecto entre la estación y el destino forma parte de esa experiencia.
Por eso me parece acertado que el libro conecte movilidad con encuentro. La estación puede ser infraestructura de transporte, pero también puede convertirse en nodo urbano. La calle puede ser infraestructura vial, pero también puede ser espacio de convivencia. El problema aparece cuando comenzamos a diseñar cada una de estas piezas por separado.
Hay, además, un detalle metodológico que me parece digno de mencionar. El libro cuenta con una bibliografía amplia y reconoce buena parte de las fuentes que sustentan su marco conceptual. Al revisar algunos de los datos utilizados, encontré que varias de sus cifras pueden ser verificadas en fuentes externas.
En las páginas dedicadas a la movilidad en Costa Rica aparecen porcentajes muy concretos sobre consumo de combustibles y distribución de usuarios del transporte. Esas cifras también aparecen documentadas en un informe de la OCDE que las atribuye a fuentes como el Programa Estado de la Nación, la Dirección Sectorial de Energía y la Contraloría General de la República.
Por eso mi observación no es que los datos carezcan de fundamento. Es algo más pequeño, pero que considero importante. En algunos pasajes me habría resultado útil encontrar la fuente directamente junto al dato, especialmente cuando se utilizan cifras muy precisas para construir un argumento.
La razón es sencilla. Una cifra no solamente necesita ser correcta. También necesita contexto. Saber de dónde proviene, de qué año es y qué metodología utilizó quien la produjo permite al lector entender mejor qué está mirando.
Para mí existe una diferencia entre utilizar un dato para ilustrar una idea y utilizarlo como evidencia para sostener una conclusión. No considero que esto reste valor al libro. Lo veo más bien como una oportunidad para fortalecer futuras ediciones y hacer todavía más transparente la relación entre las ideas del autor y las investigaciones que las respaldan.
La ciudad también necesita memoria
Quizás el capítulo que más amplía la conversación es el dedicado a identidad y memoria urbana. Aquí el libro deja de hablar solamente de funcionamiento y empieza a hablar de significado.
Leonardo plantea que las ciudades se construyen también con recuerdos, afectos y símbolos. Habla de patrimonio, intervenciones artísticas, nombres de calles, espacios dedicados a hechos significativos y procesos participativos capaces de incorporar distintas memorias al territorio.
Esta parte me hizo pensar en algo que considero cada vez más importante. Una ciudad puede funcionar perfectamente y, aun así, sentirse ajena. Puede tener buena infraestructura, buenos edificios y espacios públicos impecables, pero haber perdido aquello que hacía reconocible al lugar.
Por eso me interesa la idea de que la arquitectura también puede contribuir a conservar memoria. Pero aquí también introduciría una pregunta. ¿Quién decide qué memoria debe conservarse?
La ciudad nunca tiene una sola memoria. Tiene memorias que coinciden, memorias que compiten y memorias que han sido silenciadas. Por eso un proceso de recuperación urbana puede ser una oportunidad para fortalecer identidad, pero también puede convertirse en una manera de imponer una nueva narrativa sobre un territorio.
Me habría gustado encontrar más profundidad en esa tensión.
Del urbanismo de objetos al urbanismo de relaciones
Hacia el final del libro aparece una expresión que, para mí, resume buena parte de su propuesta. Leonardo habla de pasar del «urbanismo de objetos» al «urbanismo de relaciones». La expresión aparece en la página 62 y el argumento continúa en las páginas siguientes, donde desarrolla la idea de las calles como estructuras de relación y de la arquitectura como interfaz urbana.
Me gusta porque cambia la pregunta.
En lugar de preguntarnos únicamente qué vamos a construir, empezamos a preguntarnos qué relaciones queremos que ese proyecto permita. ¿Qué conecta? ¿Quién llega? ¿Quién se queda? ¿Qué actividades aparecen? ¿Cómo se relaciona con lo que ya existe? ¿Qué sucede en la planta baja? ¿Qué pasa cuando termina el horario laboral? ¿Qué ocurre cuando llueve? ¿Qué ocurre por la noche?
Son preguntas sencillas, pero pueden cambiar completamente un proyecto.
Y creo que aquí aparece una conexión directa con una idea que he repetido varias veces en EnteUrbano. La ciudad no es solamente la suma de sus edificios. Es también la red de relaciones que esos edificios permiten.
Siquirres es donde la idea empieza a caminar
El caso de Siquirres, en Limón, me pareció especialmente interesante porque permite ver qué ocurre cuando las ideas anteriores dejan de ser conceptos y empiezan a convertirse en decisiones espaciales.
Leonardo presenta una propuesta para transformar un espacio central de la ciudad mediante un parque público, corredores peatonales, recuperación de un antiguo patio ferroviario, integración del río y espacios destinados a actividades culturales y comunitarias.
Aquí aparece algo que me interesa mucho. El parque no se plantea como una pieza aislada, sino como una conexión. El autor lo describe como un cruce multinivel de caminos y como un nodo capaz de articular distintos elementos urbanos.
Esa mirada me parece mucho más potente que simplemente diseñar un parque atractivo. Porque un parque puede ser bonito y seguir estando desconectado. En cambio, cuando empieza a formar parte de una red, su función cambia. Puede conectar, activar, ordenar recorridos, acercar actividades y convertirse en una nueva centralidad.
Y aquí encuentro una lección que también podemos trasladar a nuestras ciudades. Muchas veces pensamos que necesitamos más espacios públicos cuando quizás una de las preguntas debería ser cómo conectamos mejor los espacios que ya tenemos.
Lo que le pediría a este libro
Mi principal cuestionamiento no está en la dirección que propone, sino en el nivel de profundidad con que algunas de sus ideas podrían seguir desarrollándose.
Hablar de encuentro implica hablar también de diferencias, intereses opuestos, apropiaciones, desplazamiento y de quién puede permanecer cuando un lugar mejora. Esas preguntas son particularmente importantes en América Latina, donde muchas intervenciones urbanas se desarrollan sobre territorios con profundas desigualdades.
No creo que la ausencia de estas discusiones haga que el libro pierda su valor. Sí creo que dejan una conversación abierta.
Lo que me quedó después de leerlo
Cuando terminé el libro me di cuenta de que muchas de sus ideas ya estaban presentes en mi propia manera de mirar la ciudad. Pero también encontré algo que no esperaba. Una especie de mapa.
El libro conecta movilidad, espacio público, identidad, memoria, accesibilidad, confort climático y participación alrededor de una preocupación común. La experiencia de las personas.
Y eso terminó siendo, para mí, lo más valioso de la lectura.
No salí pensando que ahora existe una fórmula para construir mejores ciudades. Más bien salí con más preguntas. ¿Estamos diseñando calles para circular o para vivirlas? ¿Estamos construyendo parques o simplemente dejando espacios verdes? ¿Estamos recuperando centros urbanos o solamente renovando su apariencia? ¿Estamos pensando en movilidad o en accesibilidad? ¿Estamos conservando la memoria de un lugar o seleccionando qué parte de esa memoria queremos mostrar?
Quizás la pregunta que atraviesa todo el libro sea la más sencilla. ¿Qué tendría que ocurrir para que una persona quisiera quedarse?
Leonardo me compartió este libro porque es lector de EnteUrbano. Después de leerlo, me parece que devolverle el gesto publicándolo aquí tiene cierto sentido.
Una publicación sobre ciudad debería hacer precisamente eso. Poner ideas en circulación, confrontarlas con otras miradas y permitir que una conversación continúe más allá del texto original.
Si quieren conocer Arquitectura del Encuentro, Leonardo ha puesto a disposición una versión digital del libro en FlipHTML5.
También pueden adquirirlo a través de Amazon.
Yo me quedo con una idea que atraviesa buena parte de sus páginas y que, después de leerla, resulta difícil ignorar. Una ciudad no debería limitarse a permitirnos llegar a un lugar. También debería darnos razones para querer estar allí.
Y quizá diseñar ciudades más humanas empiece precisamente por aprender a mirar esas razones.
Si quieres publicar un artículo o proyecto lo puedes hacer desde Publicar contenido.










Estimados colegas de EnteUrbano,
Quiero expresarles mi más sincero agradecimiento por haber publicado el artículo sobre mi libro Arquitectura del Encuentro. La reseña no solo refleja con gran claridad las ideas centrales de la obra, sino que también abre un espacio de diálogo que considero fundamental para seguir pensando nuestras ciudades desde una perspectiva más humana.
Para mí, resulta muy valioso que EnteUrbano haya puesto estas reflexiones en circulación, permitiendo que se confronten con otras miradas y que la conversación continúe más allá del texto original. Estoy convencido de que este intercambio es lo que realmente enriquece el debate urbano.
Gracias por su apoyo y por contribuir a que estas ideas lleguen a más lectores.
Con aprecio, Arq. Leonardo Villalobos Bonilla