Vista compuesta de bosque, barrio, ciudad e infraestructura conectados por un flujo continuo que representa las relaciones entre sistemas naturales y urbanos dentro del diseño regenerativo.

Diseño Regenerativo: El siguiente paso hacia la integración

Artículo 1 de 4: Durante este mes exploraremos el diseño regenerativo a través de sus principios, aplicaciones y desafíos desde el objeto hasta el territorio.

NEXOS es una serie editorial de EnteUrbano que cada mes profundiza en un tema a lo largo de varias entregas que permiten explorar distintas perspectivas, conectar ideas y construir una comprensión más amplia.

Un mismo río puede nacer en la montaña, atravesar bosques, cruzar comunidades rurales, recorrer áreas urbanas y terminar desembocando en el mar sin dejar de ser el mismo río.

A lo largo de ese recorrido puede convertirse en muchas cosas distintas. Fuente de agua, paisaje, espacio de recreación, límite territorial, corredor ecológico o infraestructura de drenaje. Todo depende del lugar desde donde se observe.

En Panamá no es difícil encontrar ejemplos de esta relación cambiante. Muchos de los ríos y quebradas que atraviesan nuestras ciudades fueron durante décadas vistos principalmente como canales para evacuar agua o como obstáculos que debían ser sorteados por calles, urbanizaciones e infraestructuras. Sin embargo, basta seguir su recorrido unos kilómetros para descubrir que forman parte de sistemas mucho más amplios que conectan montañas, comunidades, ecosistemas y costas.

El río sigue siendo el mismo.

Lo que cambia es la forma en que decidimos entenderlo.

Esa idea volvió a mi cabeza mientras intentaba profundizar en un concepto que durante los últimos años ha aparecido cada vez con más frecuencia en artículos, publicaciones especializadas y contenidos relacionados con arquitectura, urbanismo y sostenibilidad: el diseño regenerativo.

No recuerdo cuál fue el primer artículo donde encontré el término. Tampoco la primera publicación en redes sociales que llamó mi atención sobre él. Lo que sí recuerdo es que dejó de parecer una referencia aislada y comenzó a aparecer con cierta frecuencia en conversaciones relacionadas con el futuro de las ciudades y el territorio.

Hace algún tiempo escribí un artículo sobre ciudades regenerativas a partir de un documento que abordaba el tema desde una escala urbana. Era un acercamiento puntual y bastante específico, pero suficiente para que una idea quedara rondando en mi cabeza. Si existían ciudades regenerativas, ¿qué era exactamente lo que se estaba regenerando y qué papel tenía el diseño dentro de esa conversación?

Al iniciar a profundizar en el tema encontré algo mas interesante que definiciones, metodologías y algunas respuestas claras.

La mayoría de las conversaciones sobre diseño regenerativo parecían girar alrededor de una misma idea: la necesidad de volver a entender los proyectos como parte de sistemas más amplios y no como elementos aislados.

Y para comprender por qué esa conversación está ganando relevancia, probablemente sea necesario dar un paso atrás.

Mucho antes del diseño regenerativo ya dependíamos de los sistemas naturales

Durante gran parte de la historia humana, la relación entre las personas y el territorio era mucho más directa de lo que suele ser hoy. La disponibilidad de agua, las características del suelo, los ciclos climáticos y la presencia de recursos naturales condicionaban de manera evidente dónde y cómo se establecían las comunidades.

Esto no significa que las sociedades del pasado fueran regenerativas. Tampoco que existiera una relación ideal entre las personas y la naturaleza. La historia está llena de ejemplos que demuestran lo contrario.

Sin embargo, había algo difícil de ignorar: la supervivencia dependía de comprender el funcionamiento básico de los sistemas que sostenían la vida en un lugar.

La ubicación de un asentamiento podía estar determinada por una fuente de agua. La producción de alimentos dependía de los ciclos de lluvia. Los materiales de construcción provenían, en gran medida, de los recursos disponibles en el entorno inmediato. Incluso las formas de movilidad estaban estrechamente vinculadas a la geografía del territorio.

Con el tiempo, los avances tecnológicos transformaron profundamente esa relación.

La capacidad de extraer recursos, transportar materiales, generar energía y construir infraestructuras permitió que las ciudades crecieran a escalas antes impensables. Muchas de las limitaciones que condicionaban el desarrollo de las comunidades comenzaron a reducirse o desaparecer.

Pero esa transformación también produjo algo menos evidente.

Las conexiones que existían entre nuestras decisiones y los sistemas que las hacían posibles comenzaron a volverse cada vez más difíciles de percibir.

Una ciudad podía expandirse sin que la mayoría de sus habitantes supiera de dónde provenían gran parte de los materiales que la construían. El agua podía llegar a través de una red invisible de infraestructuras sin que fuera necesario entender el recorrido que realizaba antes de llegar a cada hogar. Los residuos desaparecían de nuestra vista mucho antes de desaparecer del territorio.

Y aunque este proceso comenzó hace décadas, muchas de esas dinámicas continúan presentes hoy. Seguimos viviendo en ciudades donde gran parte de los sistemas que sostienen nuestra vida cotidiana permanecen ocultos detrás de servicios que damos por sentados.

Quizás por eso la conversación sobre sostenibilidad comenzó a ganar fuerza. No solo porque existían impactos ambientales cada vez más visibles, sino porque poco a poco se hizo evidente que habíamos dejado de prestar atención a muchas de las relaciones que conectan nuestras actividades con el territorio.

Cómo la sostenibilidad transformó nuestra manera de diseñar

Durante las últimas décadas, la sostenibilidad ha sido una de las conversaciones más influyentes dentro de la arquitectura, el urbanismo, el diseño industrial y muchas otras disciplinas relacionadas con la transformación del territorio.

Aunque hoy el término forma parte del lenguaje cotidiano, vale la pena recordar que no siempre fue así.

Durante buena parte del siglo XX, las decisiones de diseño estuvieron impulsadas principalmente por factores como el crecimiento económico, la eficiencia productiva, la expansión urbana o el acceso a nuevas tecnologías. Los impactos ambientales existían, pero rara vez ocupaban un lugar central dentro de los procesos de planificación y diseño.

Con el tiempo, esa situación comenzó a cambiar.

La contaminación de ríos y mares, la degradación de ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y la creciente preocupación por el cambio climático hicieron cada vez más evidente que nuestras formas de producir, construir y consumir tenían consecuencias que iban mucho más allá de los límites inmediatos de cada proyecto.

La sostenibilidad ayudó a incorporar esa discusión.

Gracias a ella empezamos a preguntarnos de dónde provienen los materiales que utilizamos, cuánta energía consumen los edificios, qué ocurre con los residuos que generamos o cómo reducir el impacto ambiental de nuestras actividades.

Muchas de estas preguntas hoy parecen obvias.

No lo eran hace algunas décadas.

Buena parte de las certificaciones ambientales, estrategias de eficiencia energética, sistemas de reutilización de agua y metodologías de evaluación que actualmente forman parte de numerosos proyectos nacen precisamente de ese cambio de perspectiva.

La sostenibilidad no solo incorporó nuevas herramientas. También modificó la forma en que entendemos la responsabilidad del diseño.

Diseñar dejó de ser únicamente una cuestión de funcionalidad, estética o viabilidad económica. Poco a poco comenzaron a incorporarse variables relacionadas con el consumo de recursos, la calidad ambiental y los efectos que una intervención puede generar a largo plazo.

Ese cambio sigue siendo extraordinariamente relevante.

De hecho, muchas de las mejoras que hoy celebramos en edificios, espacios públicos y productos continúan apoyándose en principios que surgieron de esta conversación.

Por eso resulta importante aclarar algo antes de seguir avanzando.

La aparición del diseño regenerativo no implica que la sostenibilidad haya fracasado ni que sus aportes hayan dejado de ser útiles. Plantearlo de esa manera sería injusto con décadas de trabajo, investigación y proyectos que han contribuido a transformar la manera en que entendemos nuestra relación con el entorno.

Lo que empieza a ocurrir es otra cosa.

A medida que algunos desafíos ambientales, sociales y territoriales se vuelven más complejos, ciertas preguntas también comienzan a ampliarse.

Reducir impactos sigue siendo importante.

Consumir menos energía sigue siendo importante.

Generar menos residuos sigue siendo importante.

Utilizar los recursos de manera más eficiente sigue siendo importante.

Sin embargo, cada vez más profesionales, investigadores y organizaciones comenzaron a preguntarse si limitarse a reducir impactos era suficiente para enfrentar los retos que tenemos por delante.

Y fue precisamente en ese contexto donde la conversación sobre regeneración empezó a ganar visibilidad.

¿Por qué el diseño regenerativo empieza a ganar relevancia?

Una de las primeras cosas que me llamó la atención al profundizar en el tema fue que muchos de los textos que revisaba no se enfocaban únicamente en minimizar daños.

La conversación parecía dirigirse hacia otro lugar.

En vez de preguntar cómo reducir los efectos negativos de una intervención, algunos autores comenzaban a preguntarse cómo una intervención podía contribuir positivamente al sistema del que forma parte.

La diferencia puede parecer pequeña cuando se expresa de esta manera.

Pero tiene implicaciones importantes.

Si el objetivo es únicamente reducir impactos, el éxito suele medirse en función de cuánto logramos disminuir un problema determinado. Menos consumo energético, menos emisiones, menos residuos o menos contaminación.

La lógica regenerativa no abandona esas metas.

Lo que hace es incorporar una pregunta adicional.

¿Qué sucede después?

O dicho de otra manera, ¿cómo puede una intervención ayudar a fortalecer las condiciones ecológicas, sociales o económicas de un lugar en lugar de limitarse a reducir los efectos negativos que produce?

Mientras avanzaba entre distintas lecturas, ejemplos y enfoques, empecé a notar que la conversación regresaba una y otra vez a una idea bastante sencilla.

Los proyectos no existen de forma aislada.

Un edificio forma parte de un barrio.

Un barrio forma parte de una ciudad.

Una ciudad forma parte de un territorio.

Y todos ellos dependen de sistemas ecológicos, económicos y sociales que continúan funcionando independientemente de los límites que aparecen en un plano.

Visto de esa manera, la pregunta deja de ser únicamente cómo diseñar mejor un objeto.

La atención comienza a desplazarse hacia las relaciones que ese objeto establece con todo lo que ocurre a su alrededor.

Y ese pequeño cambio de enfoque termina abriendo una conversación mucho más amplia.

Del objeto al sistema: cómo piensa el diseño regenerativo

Cuando intentaba entender qué diferencia al diseño regenerativo de otras corrientes o enfoques relacionados con la sostenibilidad, me encontré con una situación curiosa.

Las definiciones variaban.

Algunos textos ponían el énfasis en los ecosistemas. Otros hablaban sobre comunidades, desarrollo territorial o procesos de largo plazo. Incluso los ejemplos utilizados para explicar el concepto podían ser muy distintos entre sí.

Sin embargo, detrás de esa diversidad parecía repetirse una misma lógica.

La atención dejaba de concentrarse exclusivamente en el objeto diseñado para ampliar la mirada hacia el sistema del que forma parte.

Es una idea que puede sonar abstracta al principio.

Pero en realidad la encontramos constantemente en situaciones cotidianas.

Un árbol plantado en una acera puede ofrecer sombra y mejorar la experiencia de quienes caminan por ella. Al mismo tiempo, influye en la temperatura del entorno, captura parte del agua de lluvia, contribuye a la calidad del aire y puede convertirse en refugio para distintas especies.

Lo mismo ocurre con un parque, una plaza o un edificio.

Cada uno cumple una función específica, pero también participa en dinámicas mucho más amplias que continúan desarrollándose antes, durante y después de su construcción.

A medida que profundizaba en el tema, empecé a entender por qué muchos autores insisten tanto en observar las conexiones.

Cuando analizamos únicamente los componentes individuales, resulta fácil perder de vista la red de relaciones que hace posible su funcionamiento.

Un edificio puede ser energéticamente eficiente y aun así generar efectos negativos sobre su entorno. Del mismo modo, una intervención relativamente pequeña puede desencadenar transformaciones positivas que trascienden ampliamente su escala física.

Por supuesto, esta manera de pensar no surgió de la nada.

Durante las últimas décadas, distintos profesionales y organizaciones han contribuido a desarrollar estas ideas desde perspectivas complementarias.

John T. Lyle fue uno de los primeros en explorar cómo los sistemas humanos podían funcionar de manera más cercana a los procesos naturales de renovación y adaptación. Posteriormente, figuras como Bill Reed ayudaron a ampliar la conversación hacia la relación entre las personas, los proyectos y los lugares donde estos se desarrollan.

Más recientemente, Pamela Mang y el equipo de Regenesis han profundizado en la idea de que los territorios poseen capacidades propias de desarrollo que pueden fortalecerse cuando comprendemos mejor sus dinámicas y potencialidades.

No es necesario detenerse demasiado en cada uno de ellos.

Lo relevante es que sus aportes ayudan a entender que el diseño regenerativo no se limita a incorporar soluciones ambientales o tecnologías más eficientes. La propuesta es más amplia y tiene que ver con la forma en que observamos los proyectos desde el inicio.

Porque cuando el punto de partida cambia, también cambian las preguntas que hacemos.

Ya no basta con preguntarse cómo funcionará un edificio.

También resulta pertinente preguntarse cómo se relacionará con el lugar donde se inserta.

Ya no basta con evaluar únicamente el desempeño de una infraestructura.

También importa comprender cómo influye en los sistemas naturales y sociales que la rodean.

La diferencia puede parecer sutil.

Pero es precisamente en ese cambio de mirada donde comienza a tomar forma buena parte de la conversación regenerativa.

Diseñar relaciones en lugar de elementos aislados

Mientras avanzaba en esta lectura, hubo una idea que apareció repetidamente desde distintos enfoques y que me ayudó a entender mejor lo que estaba ocurriendo.

La regeneración parece estar menos interesada en los elementos individuales y más interesada en las relaciones que existen entre ellos.

Puede sonar como un juego de palabras.

No lo es.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a dividir los problemas complejos en partes más pequeñas para poder comprenderlos mejor. Esa forma de pensar ha permitido enormes avances en prácticamente todos los campos del conocimiento.

El reto aparece cuando esas divisiones empiezan a ocultar las conexiones.

Por ejemplo, solemos hablar de movilidad, espacio público, biodiversidad, infraestructura, vivienda o gestión del agua como temas distintos. Cada uno tiene especialistas, metodologías, normativas y herramientas propias.

Y eso tiene sentido.

El problema es que el territorio no funciona de manera fragmentada.

Las personas que utilizan una calle no experimentan la movilidad por un lado y el espacio público por otro. Tampoco separan mentalmente los árboles, la sombra, la temperatura, el drenaje o la seguridad.

Todo ocurre al mismo tiempo.

Lo mismo sucede con los ecosistemas.

Un río no deja de influir sobre su entorno porque atraviese un límite administrativo. La calidad del agua, la vegetación, la biodiversidad y las actividades humanas continúan interactuando independientemente de cómo decidamos organizar nuestras instituciones o nuestros proyectos.

Quizás por eso la regeneración insiste tanto en las relaciones.

Porque es precisamente en esas conexiones donde suelen aparecer muchos de los desafíos que intentamos resolver, pero también muchas de las oportunidades que normalmente pasan desapercibidas.

A esta altura del artículo, el diseño regenerativo empieza a parecer menos una colección de soluciones específicas y más una manera diferente de observar.

Una manera que busca comprender cómo se conectan las piezas antes de decidir cómo intervenirlas.

Por qué la integración es clave en el diseño regenerativo

Si hay una palabra que aparece constantemente al hablar de diseño regenerativo, esa es integración.

No porque sea un concepto nuevo. Tampoco porque disciplinas como la arquitectura, el urbanismo o la planificación hayan trabajado históricamente de forma aislada. En mayor o menor medida, siempre ha existido la intención de coordinar distintos conocimientos para abordar problemas complejos.

Lo que parece cambiar es la profundidad con la que se entienden esas conexiones.

Durante mucho tiempo, gran parte de nuestras herramientas de planificación se han organizado alrededor de categorías relativamente claras. Agua, movilidad, vivienda, espacio público, infraestructura, energía o medio ambiente suelen abordarse como temas independientes porque hacerlo permite estudiar cada uno con mayor detalle.

La especialización ha sido fundamental para el avance del conocimiento.

Sin embargo, los sistemas que sostienen nuestras ciudades no operan de esa manera.

Cuando una calle pierde su cobertura vegetal, no solo cambia la imagen urbana. También puede aumentar la temperatura del entorno, afectar el confort de quienes la recorren, modificar la escorrentía del agua de lluvia y alterar las condiciones para distintas especies.

Cuando un río se canaliza, las consecuencias no se limitan al cauce. También cambian las dinámicas ecológicas, la relación de las comunidades con el agua y, en muchos casos, la forma en que la ciudad entiende ese espacio.

De manera similar, una decisión relacionada con movilidad puede terminar influyendo en la actividad económica de un barrio, en la calidad del espacio público o en los patrones de crecimiento urbano.

Nada de esto es especialmente nuevo.

Lo que resulta interesante es que el diseño regenerativo coloca estas relaciones en el centro de la conversación.

En lugar de partir de elementos aislados para después intentar conectarlos, propone comenzar entendiendo las conexiones existentes y diseñar a partir de ellas.

Es un cambio sutil, pero importante.

Porque cuando observamos un territorio desde esa perspectiva, muchas de las fronteras que solemos utilizar para organizar proyectos comienzan a perder rigidez. Las relaciones ecológicas, sociales y económicas continúan existiendo independientemente de cómo dividamos el trabajo, los presupuestos o las responsabilidades institucionales.

Quizás por eso la regeneración suele asociarse con conceptos como sistemas vivos, interdependencia o pensamiento sistémico. No porque busque reemplazar las disciplinas existentes, sino porque intenta construir puentes entre ellas.

Y aunque esta conversación suele aparecer en proyectos relacionados con medio ambiente o planificación territorial, en realidad puede extenderse a casi cualquier escala de diseño.

Un producto forma parte de cadenas de producción y consumo.

Un edificio forma parte de un barrio.

Un barrio forma parte de una ciudad.

Y una ciudad forma parte de un territorio mucho más amplio.

La pregunta no es si esas conexiones existen.

La pregunta es cuánto las estamos considerando cuando diseñamos.

Una conversación que apenas comienza

La sostenibilidad nos ayudó a incorporar preguntas que durante mucho tiempo estuvieron ausentes de los procesos de diseño. Gracias a ella aprendimos a prestar atención al consumo de recursos, a los impactos ambientales y a las consecuencias de nuestras decisiones.

La regeneración parece dar un paso adicional.

No abandona esas preocupaciones, pero amplía el foco hacia las relaciones que hacen posible el funcionamiento de un lugar. Nos invita a mirar más allá de los límites inmediatos de un proyecto y a reconocer que cada intervención forma parte de sistemas mucho más amplios que continúan evolucionando con el tiempo.

Quizás por eso resulta tan difícil resumir el diseño regenerativo en una sola definición.

Más que una fórmula o una lista de estrategias, parece una invitación a comprender mejor las conexiones que ya existen entre las personas, los ecosistemas, las ciudades y los territorios que habitamos.

Y esa invitación plantea una pregunta que aparece una y otra vez a lo largo de esta conversación.

Si el diseño regenerativo puede aplicarse a sistemas de distinta naturaleza y complejidad, ¿cómo cambia cuando pasamos de un objeto a un edificio, de un edificio a un barrio y de un barrio a una ciudad?

Responder esa pregunta implica mirar el diseño desde distintas escalas.

Y ese será precisamente el siguiente paso de esta serie.

Continúa en el próximo artículo

En esta primera entrega exploramos por qué el diseño regenerativo surge como una conversación cada vez más presente en arquitectura, urbanismo y sostenibilidad.

En el próximo artículo ampliaremos la mirada hacia una de las preguntas más interesantes del tema:

¿Cómo cambia el diseño regenerativo cuando pasamos de un objeto a un edificio, de un edificio a un barrio y de un barrio a una ciudad?


NEXOS es una serie editorial de EnteUrbano que cada mes profundiza en un tema relacionado con arquitectura, urbanismo, innovación y cultura.

A diferencia de nuestros artículos habituales, cada tema se desarrolla a lo largo de varias entregas que permiten explorar distintas perspectivas, conectar ideas y construir una comprensión más amplia de asuntos que rara vez pueden explicarse en un solo texto.

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