Composición tipográfica con la palabra "diseñar" fragmentada y descompuesta en grandes formas negras sobre fondo blanco, como metáfora de la transformación del significado del diseño.

¿Realmente diseñamos?

Cada vez que aparece una nueva herramienta de inteligencia artificial, la conversación termina girando alrededor de la misma pregunta. ¿Va a reemplazar a los diseñadores?

Es una discusión interesante, pero mientras más la escucho, más siento que estamos mirando el problema desde el lugar equivocado.

No porque la inteligencia artificial no vaya a transformar nuestra profesión. Todo indica que lo hará. Lo que me cuesta aceptar es que hayamos reducido una disciplina tan compleja a una discusión sobre la capacidad de generar imágenes en cuestión de segundos.

Si hoy muchas personas creen que diseñar consiste en escribir un prompt y esperar un resultado, quizá el problema no comenzó con la inteligencia artificial. Quizá comenzó mucho antes, cuando nosotros mismos empezamos a confundir el diseño con aquello que produce.

Esa idea lleva tiempo rondándome la cabeza. No porque crea que el diseño esté desapareciendo, sino porque cada vez encuentro más señales de que hemos dejado de prestar atención a aquello que realmente le da sentido.

Hablamos del edificio, pero pocas veces de las decisiones que lo hicieron posible. Compartimos el render, pero casi nunca la investigación que lo sustentó. Celebramos el resultado y damos por sentado todo lo que ocurrió antes de llegar a él.

Tal vez por eso la inteligencia artificial ha provocado tanto revuelo. No vino a cambiar nuestra definición de diseño. Vino a poner a prueba una definición que llevaba años debilitándose.

El valor que el diseño fue perdiendo sin que lo notáramos

Siempre me ha parecido curioso que la parte más importante de muchos proyectos sea también la más difícil de explicar.

Cuando alguien observa un edificio terminado, un producto o una identidad visual, es natural que concentre su atención en aquello que tiene delante. Lo visible siempre resulta más fácil de entender que el camino que permitió llegar hasta allí. El problema aparece cuando esa lógica termina convirtiéndose en la única forma de valorar el trabajo de un diseñador.

Durante los años que trabajé desarrollando proyectos de arquitectura terminé normalizando una práctica que hoy miro de otra manera. Era habitual preparar propuestas preliminares para un posible cliente, dedicar horas a analizar un proyecto o incluso desarrollar un anteproyecto completo sin saber si el encargo terminaría siendo nuestro. En ese momento parecía simplemente parte de competir en un mercado cada vez más amplio.

Durante mucho tiempo di esa práctica por normal. Hoy me cuesta verla de la misma manera.

No tardé en descubrir que esa preocupación tampoco era nueva. El Design Council lleva años cuestionando el trabajo especulativo, conocido como spec work, precisamente porque convierte el diseño en una condición para conseguir un proyecto y no en un servicio con valor propio. Su argumento me parece difícil de discutir. Cuando la investigación, la estrategia y la conceptualización se entregan sin reconocer su valor, el mensaje que termina instalándose es que pensar forma parte de la venta y que solo aquello que puede verse merece ser remunerado.

Mientras leía sobre el tema no pude evitar recordar muchas experiencias que hasta ese momento había dado por normales.

Porque, al final, lo que se estaba entregando no era un simple boceto, sino tiempo para comprender un problema, explorar alternativas, establecer criterios y tomar decisiones antes de que existiera una sola imagen que mostrar. En otras palabras, se estaba entregando la parte más valiosa del diseño.

Lo preocupante es que esa dinámica no solo cambió el mercado. También modificó la manera en que empezamos a entender el diseño.

Cuando una actividad se ofrece una y otra vez sin reconocer el valor que tiene, tarde o temprano deja de percibirse como un conocimiento especializado. La conceptualización empezó a verse como un paso previo al proyecto, cuando en realidad siempre ha sido el proyecto en su estado más esencial.

Es allí donde se define qué problema vale la pena resolver, cuáles son las restricciones que condicionarán la propuesta, qué información hace falta recopilar y qué decisiones darán forma a todo lo que viene después. Sin ese proceso, el resto consiste únicamente en desarrollar una idea cuya dirección nunca estuvo del todo clara.

Cuando representar una idea comenzó a ser cada vez más fácil

Si miro hacia atrás, me doy cuenta de que buena parte de mi carrera ha estado acompañada por herramientas que prometían hacer más sencillo aquello que antes tomaba mucho más tiempo.

Y, siendo justos, casi siempre lo consiguieron.

El dibujo asistido por computadora transformó la forma de producir planos. Después llegaron metodologías como BIM y cambiaron la manera de coordinar proyectos completos. Más adelante aparecieron plataformas como Canva, que acercaron el diseño gráfico a millones de personas, y Figma redefinió la forma en que se diseñan productos digitales de manera colaborativa.

La inteligencia artificial es, hasta ahora, el capítulo más reciente de esa historia. Por eso me cuesta verla como una ruptura. La veo, más bien, como la continuación de un proceso que lleva décadas simplificando tareas que antes dependían de conocimientos muy especializados.

Y no creo que eso sea un problema.

De hecho, muchas de esas herramientas democratizaron el acceso al diseño. Permitieron que emprendedores, organizaciones comunitarias, estudiantes y pequeños negocios pudieran desarrollar ideas que, hasta hace no mucho, requerían equipos completos de profesionales. Reducir barreras de entrada nunca debería verse como algo negativo.

Lo que sí me parece interesante es otra cosa.

Mientras las herramientas evolucionaban ¿nos detuvimos en algún momento a pensar qué era exactamente lo que estaban simplificando?

No estaban simplificando la capacidad de observar, ni el criterio, ni la comprensión de un contexto. Lo que realmente estaban simplificando era la representación.

Y esa diferencia cambia por completo la conversación.

Representar una idea nunca ha sido lo mismo que construirla.

Una herramienta puede generar un render más rápido, producir decenas de alternativas para una identidad visual o proponer cientos de variaciones de un objeto en cuestión de segundos. Pero ninguna de esas tareas ocurre al comienzo del proceso. Todas dependen de decisiones que alguien tomó antes.

Mientras escribía este artículo volví a una idea de Tim Brown, presidente ejecutivo de IDEO y uno de los principales impulsores del Design Thinking. Él suele insistir en que el diseño comienza entendiendo a las personas antes que buscando soluciones. Me gusta porque cambia por completo el papel de las herramientas. Si el punto de partida es comprender un problema, entonces cualquier tecnología, por avanzada que sea, sigue ocupando un lugar distinto al del pensamiento que orienta el proyecto.

Creo que ahí empezamos a confundir dos capacidades completamente diferentes.

Una cosa es producir respuestas.

Otra muy distinta es formular la pregunta correcta.

Y, si soy sincero, el éxito de un proyecto no debería depender de quién produjo más alternativas, sino de quién entendió mejor el problema que tenía delante.

Quizá por eso la velocidad nunca me ha parecido una medida suficiente para evaluar el diseño.

Hoy podemos generar más imágenes que nunca, explorar cientos de posibilidades en una tarde y reducir tareas que antes tomaban días. Pero nada de eso garantiza que estemos tomando mejores decisiones.

Porque la calidad de una representación nunca ha sido un indicador automático de la calidad del pensamiento que la hizo posible.

El diseño nunca empezó con una respuesta

Hay algo que me llama la atención cada vez que escucho hablar de diseño, casi todas las conversaciones empiezan por la solución.

Queremos una casa con determinadas características, una marca que transmita cierta personalidad, un parque más seguro o una aplicación más intuitiva. Muy pocas veces comenzamos preguntándonos si esa es realmente la pregunta que deberíamos hacernos.

Y, para mí, ahí empieza el diseño.

Siempre he pensado que una de las habilidades más difíciles de desarrollar no es encontrar respuestas, sino aprender a formular mejores preguntas. Es una diferencia sutil, pero termina definiendo todo lo que viene después.

Por eso me resultó tan interesante encontrarme con el trabajo de Nigel Cross. Él sostiene que los diseñadores desarrollan una forma particular de enfrentarse a problemas complejos. No porque tengan respuestas distintas al resto de las personas, sino porque aprenden a desenvolverse en escenarios donde las preguntas todavía no están del todo claras.

Esa idea me ayudó a poner en palabras algo que llevaba tiempo observando.

Durante años escuché que el valor del diseño estaba en la solución final. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que una parte importante de ese valor se construye mucho antes, cuando todavía no existe nada que mostrar.

Es en ese momento cuando se observa, se investiga, se cuestionan las primeras ideas y se toman decisiones que casi nunca aparecerán en un render, un plano o una fotografía.

Quizá por eso esa etapa resulta tan fácil de subestimar. No produce imágenes espectaculares ni suele aparecer en los portafolios. Y, sin embargo, es ahí donde realmente se define la calidad de un proyecto.

Herbert Simon escribió hace más de medio siglo que diseñar consiste en imaginar cursos de acción para transformar una situación existente en otra preferible. Siempre me ha gustado esa definición porque no habla de herramientas, estilos o disciplinas. Habla de una manera de enfrentar la realidad.

Y creo que eso sigue siendo cierto hoy.

Entonces, ¿en qué momento empezamos a creer que diseñar era producir una imagen?

No creo que exista un momento exacto en el que el diseño haya perdido valor. Tampoco una herramienta, una persona o una decisión a la que podamos responsabilizar. Más bien fue un cambio silencioso, construido poco a poco, mientras comenzábamos a prestar más atención a aquello que podíamos ver que al proceso que hacía posible esos resultados.

Sin darnos cuenta, la representación empezó a ocupar el lugar de la conceptualización. Aprendimos a admirar el render antes que la investigación, el objeto antes que el criterio y la solución antes que las preguntas que le dieron origen. Incluso dentro de la profesión hubo prácticas que reforzaron esa percepción, hasta el punto de que dedicar horas a comprender un problema dejó de verse como una parte fundamental del diseño y comenzó a asumirse como algo que simplemente debía ocurrir antes de empezar el «verdadero trabajo».

Quizá por eso la inteligencia artificial ha generado tanta incertidumbre. No porque haya cambiado la esencia del diseño, sino porque puso en evidencia una idea que llevábamos años construyendo sin detenernos a cuestionarla. Si durante tanto tiempo asociamos el valor del diseño con aquello que podía representarse, era inevitable que una herramienta capaz de producir representaciones en cuestión de segundos nos obligara a replantearnos dónde estaba realmente el valor de nuestra profesión.

Y esa, para mí, es la conversación que vale la pena tener.

No me preocupa que las herramientas evolucionen. Nunca han dejado de hacerlo y, probablemente, seguirán transformando la forma en que trabajamos. Lo que sí me preocuparía es olvidar que ninguna herramienta decide qué problema merece ser resuelto, qué información es relevante, qué preguntas todavía no hemos hecho o qué criterio debería orientar un proyecto. Ese sigue siendo un ejercicio humano y, sobre todo, profundamente ligado al diseño.

Por eso nunca he visto la inteligencia artificial como el final de una profesión. La veo como una oportunidad para volver a hablar de aquello que, durante demasiado tiempo, permaneció en un segundo plano. Nos recordó que diseñar nunca consistió únicamente en producir una imagen atractiva, un plano preciso o un render convincente. Todo eso forma parte del proceso, pero nunca ha sido el proceso.

El verdadero valor del diseño nunca estuvo en las herramientas que utilizamos para representar una idea.

Siempre estuvo en nuestra capacidad para darle sentido antes de que existiera algo que mostrar.


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