Jane Jacobs observando una calle latinoamericana viva y compleja — vendedores ambulantes, niños jugando, comercios locales, transporte público y barrios densos en ladera al fondo — como si caminara hoy por la ciudad que siempre defendió.
Imagen de Miguel Reyes

¿Cuál seria la reacción de Jane Jacobs si caminara en una ciudad latinoamericana hoy?

Me topé esta semana con una publicación que compartió el Arq. Miguel Reyes en LinkedIn y no pude seguir scrolleando. La pregunta que planteaba era simple pero bien incómoda: «¿Qué haría Jane Jacobs en una ciudad latinoamericana hoy?»

Y lo primero que pensé fue, probablemente lo mismo que hizo en Nueva York en los años cincuenta. Pararse, observar, y preguntarse cómo es posible que sigamos cometiendo los mismos errores después de décadas de evidencia.

Jacobs no era arquitecta ni urbanista de formación. Era periodista, vecina, y una observadora extraordinariamente paciente de la vida cotidiana en la calle. En 1961 publicó Muerte y Vida de las Grandes Ciudades, donde criticó el urbanismo moderno y los grandes proyectos de renovación urbana, argumentando que eran una amenaza directa para la diversidad y vitalidad de las ciudades. Sin título universitario, sin cargo institucional, entendió la ciudad mejor que la mayoría de los planificadores de su época. Y la mayoría de los de la nuestra.

Lo que propuso no era revolucionario en el sentido tecnológico. Era más bien de sentido común: mezcla de usos, manzanas pequeñas, edificios de distintas épocas, calle activa, comercio local, prioridad al peatón. Cosas que cualquiera puede verificar caminando diez minutos por un barrio que funciona versus uno que no.

El problema – y esto es lo que más me incomoda – es que la conocemos. La citamos en las facultades, aparece en los planes urbanos, está en las referencias de casi cualquier proyecto que se quiera vender como «centrado en las personas». Y luego aprobamos exactamente lo contrario.

Reyes lo dice con una precisión que cuesta refutar: «Si Jane Jacobs caminara hoy por muchas ciudades latinoamericanas, probablemente no se sorprendería por la congestión, la fragmentación o la desigualdad urbana. Lo que sí cuestionaría es que, pese a décadas de evidencia, seguimos repitiendo los mismos errores.» Ciudades que separan funciones, que priorizan el automóvil, que expulsan el comercio local, que diseñan desde el escritorio sin entender la vida cotidiana.

Brasilia es el caso más doloroso de esa lógica llevada al extremo. Siguiendo los principios de los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) – segregación espacial, edificios en altura, grandes distancias y primacía del automóvil – Brasil construyó en los años sesenta una capital que es una obra maestra de la arquitectura moderna y al mismo tiempo una ciudad donde caminar entre dos puntos puede ser imposible. No es una crítica a Niemeyer. Es el reconocimiento de que hubo una forma de entender la ciudad que priorizó la imagen sobre el uso, y ese costo se paga todos los días.

Pero Reyes también señala algo que me parece igual de importante, y que muchas veces se pierde en esta conversación: «también vería algo más: una enorme capacidad de adaptación, barrios vivos, economías locales resilientes y una vida urbana que persiste a pesar de la mala planificación.» Eso es jacobsiano en el sentido más puro.

Los mercados informales que funcionan mejor que cualquier centro comercial planificado. Los espacios públicos apropiados de formas que ningún arquitecto hubiera anticipado. La inteligencia urbana que emerge desde abajo cuando la planificación desde arriba falla — que en América Latina es, bastante seguido.

Medellín es el contraste más revelador. Su transformación no vino de un masterplan brillante ni de arquitectura espectacular. Vino de decisiones acumuladas que empezaron por preguntarse dónde vivía la gente más excluida y qué necesitaba para conectarse con el resto de la ciudad. Teleféricos, bibliotecas en las laderas, escaleras eléctricas en comunas de pendiente imposible. Nada de eso gana premios de arquitectura. Todo eso cambió vidas reales de forma medible.

Y eso es exactamente lo que Reyes plantea cuando escribe que «Jacobs no propondría soluciones espectaculares» y que «no cambiaría la ciudad desde arriba. La transformaría desde lo cotidiano. Porque entendía algo clave: las ciudades no mejoran solo con inversión. Mejoran cuando funcionan mejor para quienes las viven.»

Eso exige más que obras. Exige cambiar la forma en que pensamos la ciudad. Bajar a la calle antes de abrir el software de diseño. Escuchar antes de proponer. Aceptar que una intervención pequeña y bien entendida puede hacer más que un proyecto grande y bien financiado que nadie pidió.

La pregunta con la que cierra Reyes es la más difícil de responder con honestidad: «¿Estamos listos para dejar de diseñar ciudades ideales y empezar a entender la ciudad real?»

No voy a intentar responderla. Pero sí me parece que vale la pena dejar sobre la mesa algunas situaciones que la hacen más concreta y más incómoda.

¿Qué pasaría si antes de aprobar cualquier intervención urbana fuera obligatorio documentar cómo funciona el espacio hoy – quién lo usa, a qué hora, para qué, con qué frecuencia? No solo hacer un estudio técnico de tráfico o un análisis de densidad. Sino documentar también con una observación real, a pie, durante días. Como lo hacía Jacobs.

¿Qué pasaría si el éxito de un proyecto se midiera cinco años después de su inauguración y no el día en que se corta la cinta? Si la pregunta no fuera cuánto costó ni qué tan bien quedó en las fotos, sino si el comercio local sobrevivió, si la gente que vivía ahí sigue viviendo ahí, si la calle se activó o se vació.

¿Qué pasaría si en los pliegos de licitación y en los estudios de ordenamiento territorial se exigieran como parte de la propuesta una estrategia de gestión posterior, no solo el diseño del espacio sino quién lo mantiene, quién lo programa, quién responde cuando algo no funciona como se esperaba?

Estas no son preguntas retóricas. Son decisiones de proceso que algunos lugares ya están tomando con resultados distintos a los de siempre.

Bogotá lleva años con la iniciativa «Bogotá, Cómo Vamos», que permite a los ciudadanos evaluar políticas públicas promoviendo transparencia y rendición de cuentas sobre las decisiones que afectan su entorno.

Ciudad de México desarrolló el CONDUSE, un instrumento de consulta y diálogo ciudadano que alimentó directamente la formulación de su Programa General de Desarrollo Urbano, incorporando voces de comunidades históricamente excluidas de esas decisiones.

Montevideo lleva más de una década usando la participación ciudadana como herramienta estructural para orientar su perfil urbano, no como gesto de comunicación sino como parte real del proceso de planificación.

Ninguno de estos modelos es perfecto ni replicable de forma idéntica en otro contexto. Pero todos comparten algo que Jacobs habría reconocido de inmediato: empiezan por preguntar antes de proponer, y miden el resultado por cómo vive la gente y no por cómo se ve el proyecto en el informe de gestión.

El problema no es que no sepamos cómo hacerlo. El problema es que cambiar la forma en que se toman estas decisiones implica redistribuir poder, y eso es siempre más difícil que aprobar un presupuesto.

Jacobs lo entendió hace más de sesenta años. La ciudad no es un problema de diseño. Es un problema de quién decide, desde dónde decide y con qué información decide. Mientras eso no cambie, seguiremos teniendo muy buenos planos de ciudades que no funcionan para la gente que las vive.

La publicación que inspiró este artículo forma parte de la serie «Jane Jacobs y las verdades incómodas del urbanismo» , el tipo de contenido que uno agradece encontrar. El Arq. Miguel Reyes constantemente comparte publicaciones sumamente interesantes en LinkedIn, si no lo siguen este es un buen momento para hacerlo.


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